Por Fernando Forlizzi

Llegó a la mesa de trabajo de Marambio, la siguiente nota del compañero Fernando Forlizzi, Trabajador Social. En ella plantea interrogantes que ponen en cuestión estándares de vida que conocemos y desarrolla una mirada de la realidad que va más allá de los márgenes que espiamos pero desconocemos.

Que la calle no es un lugar para vivir es bien cierto, pero desde hace un tiempo parece que se transformó en algo bastante parecido a una opción, a una “decisión”, a una alternativa, a una escapatoria, no sé...

En un momento eran algunos, invisibles, silenciosos, cargando bolsas con quien sabe que tesoros dentro que ayudaban a sobrevivirla, porque la calle es jodida. Y de pronto nos fuimos acostumbrando, primero en la escalera del subte (eso fue hace mucho), en el cajero, en la guardia del hospital, en esa esquina que tiene un reparo para la lluvia, en la estación, debajo del puente. Gente en situación de calle le dicen ahora.

Y en esta democracia que suele socializar sólo las perdidas, en los barrios populares también la calle es “habitada”, mejor dicho, los pasillos y los contenedores. Más allá de la multiplicidad de razones que llevan a pibas y pibes, y a no tan pibas ni tan pibes, a vivir en la calle, en un ranchito efímero que espacio público se encarga sistemáticamente de desarmar (destrozando todo, incluso alguna de esas bolsas con tesoros), es evidente que son un montón las personas que atraviesan esta (nueva) situación.

Y como un espejo frente a un espejo, veo las casas del barrio, que tal vez por fuerza de la prepotencia comunitaria y por varias cuestiones más, fueron trocando la chapa de cartón por la loza y el ladrillo y luego otra loza y más ladrillos, y así afianzaron su permanencia. Donde historias varias, que van quedando lejanas, cuentan que pelearon por el agua, por el centro de salud, por la escuela, por la seguridad, pero muchas veces también contra la violencia institucional. Esa permanencia a base de solidaridad, nunca exenta de quilombos, pero construida colectivamente.

Ahora el espejo refleja enfrente un ranchito diferente (pero tal vez no tanto), un colchón en el pasillo o en la canchita, un contenedor tirado. Donde todo es efímero, como la ropa que se moja y se descarta o tan instantáneo como esa pipa que quema los labios y se vuelve a encender. Y en esas pibas y pibes que ranchan en cualquier lado, manguean comida de prepo, hacen sus negocios y también sus necesidades en los pasillos, vuelve a aparecer algo de esa permanencia.

 Pero los espejos con el tiempo deforman, y ese “lazo social” que dio cuenta de un barrio popular que creció, ahora es bastante diferente. Y nos interpela, ¿qué construcciones posibles se irán generando?, ¿qué pasa cuando los acuerdos en las múltiples ranchadas duran cada vez menos y la desconfianza es moneda de cambio?. Cuando la violencia es la primera y casi siempre la única manera de resolver, no solo conflictos, sino bastantes situaciones de la vida cotidiana. Cuando en este juego de la silla, tan perverso, quedan muy pocas sillas y la mayoría están rotas. Cuando el individualismo al palo se lleva puesto todo esfuerzo comunitario.

Hace rato vivimos en un gallinero donde el de más arriba caga al que está en el escalón siguiente. El problema es que abajo de todo nos está tapando la mierda. Y es ahí, lamentablemente, donde se está construyendo esta nueva permanencia. ¿Qué forma podrá adoptar?.

 

Hoy volviendo, veo que una pareja de chicos jóvenes, que ya hace un tiempo viven debajo del puente, intentando estoicamente mantener, como pueden, su espacio limpio y ordenado. Habían puesto un pesebre y el arbolito de Navidad junto a sus bolsas. No apoyado así no más, sino al lado de su colchón, en un lugar que eligieron. En un reflejo, algo pavloviano, me emocioné con el detalle, que tal vez les devolvía algo de una cotidianeidad pasada, pero no perdida. Seguí caminando y me cae la ficha dolorosa, la calle no es un lugar para vivir…