Por Mariano Ameghino
Nadie supo a ciencia cierta cómo lo hizo. Algunos dicen que se disfrazó de cura jesuita y tomó un vuelo low-cost desde Lima. Otros, que se coló en un avión diplomático bajo el pretexto de una escala técnica. Lo único cierto es que, una madrugada húmeda de septiembre, Jorge —el Papa Francisco para el mundo entero— caminaba otra vez por las calles de Flores, su viejo barrio.

Había pasado más de una década desde su última misa en Buenos Aires, y nunca había vuelto desde que lo eligieron Papa. Oficialmente, claro. Pero esa noche, bajo una luna tenue y un cielo encapotado, el hombre más custodiado del planeta se deslizaba entre las sombras de su infancia con una libertad imposible.
Vestía ropa común: campera azul, boina gris, y los mismos zapatos gastados que usaba en Santa Marta. En el bolsillo, un rosario; en la otra mano, un librito de poemas de Marechal, doblado por las esquinas. Caminaba lento, con ese paso de cura que sabe cuándo detenerse a saludar y cuándo seguir caminando para no levantar sospechas.
Pasó frente al viejo cine Gran Rivadavia —cerrado, otra vez—, murmuró un “¡cuántas películas vi ahí!” y giró por Bonorino como quien entra al túnel del tiempo. Se detuvo frente al colegio de la Misericordia. Tocó el portero eléctrico. Del otro lado, una voz somnolienta preguntó quién era.
—Un exalumno que vino a rezar —dijo Jorge, sin más.
La monja que abrió casi se le cae la linterna. Lo dejó pasar sin una palabra, con los ojos bien abiertos y la boca entreabierta. Él entró a la capilla en penumbras, se arrodilló frente al altar, y susurró algo que sólo Dios oyó. Un pedido. Un agradecimiento. O tal vez un recuerdo.
Luego pasó por la placita de la Misericordia, así deambulando por Av. Directorio y Bonorino, donde un pibe en bicicleta lo miró de reojo y dudó un segundo antes de decir:
—¿Vos sos…?
—No, yo soy Jorge, che —respondió, con una sonrisa pícara—. ¿Tenés encargo de Dios? Porque yo sí.
Pidió un sacramento con jamón y queso y un café con leche en el Café Martínez que está en la esquina de la Avenida y la calle Lautaro. La piba que le ofrecía la promo con 2 medialunas, incrédula, le sacó una foto con un celular antiguo. La imagen se viralizó semanas después, pero la red no perdona: dijeron que era un doble, un montaje, un delirio más de los nostálgicos de Flores.
Visitó su antigua casa. Tocó el timbre. Nadie respondió. Se quedó unos minutos mirando la fachada, la pintura descascarada, las macetas con malvones que parecían resistir el paso del tiempo. Cerró los ojos y respiró hondo. Era el mismo aire de siempre, denso de memoria y humedad.
Una vecina lo vio y salió a la vereda. Lo miró con desconfianza, luego con ternura.
—¿Usted es...?
—No diga nada, doña. Vine a ver si el barrio todavía reza.
—¡Y qué se va a dejar de rezar! Pero no le diga a los de la tele, que hacen lío…
Antes del amanecer, un remis trucho lo llevó cerca del aeropuerto de El Palomar. Nadie notó su partida. Nadie lo despidió. Como un ladrón de nostalgias, Jorge había entrado y salido de su patria sin dejar más huella que un rumor.
Desde entonces, en Flores hay quienes lo juran: que una noche el Papa volvió. Que se le humedecieron los ojos frente a un mural de San Lorenzo. Que dejó un billete en la canastita de la misa de seis. Que bendijo un colectivo de la línea 76, y que, antes de irse, dijo:
—Hagan Lío, ¿eh?
Nunca volvió a hablar del tema. Pero cada tanto, en alguna homilía en Roma, se le escapaba una palabra en porteño o una frase en lunfardo. Y ahí, los de Flores y los amigos de Jorge que lo sabían, entre miradas cómplices, sonreían.
