Por Martín Coldman y Mariano Ameghino

Este artículo analiza la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas desde una perspectiva histórica que cuestiona las alianzas geopolíticas con potencias extranjeras. Los autores argumentan que confiar en que Estados Unidos favorecerá el reclamo argentino es una postura ingenua, recordando que Washington siempre ha priorizado su vínculo estratégico con el Reino Unido, como ocurrió en 1831 y 1982. A través de una crítica a la Doctrina Monroe, se advierte que los alineamientos automáticos con intereses del norte no garantizan la recuperación del territorio, sino que responden a agendas imperiales ajenas. En cambio, se propone una estrategia soberana basada en el derecho internacional, la diplomacia multilateral y la integración regional. Finalmente, el artículo subraya que la memoria histórica es una herramienta política indispensable para evitar repetir errores del pasado en la búsqueda de la emancipación nacional.

Aquella frase que advierte que “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla” vuelve a resonar este 2 de abril, a 44 años de la recuperación de las Islas Malvinas. Una recuperación que duró apenas 74 días, hasta el cese del fuego del 14 de junio —día de la máxima resistencia—, cuando volvió a flamear en nuestras islas un pabellón ajeno.

Las razones por las cuales banderas extranjeras han ondeado en Malvinas no pueden pensarse fuera de la historia. Como advertía en 1990 Ignacio Copani: “que me digan que soy ángel del pasado, porque no entra en mi cabeza que se hizo bueno el amo y el chajá vegetariano comparte la comida con su presa”. La metáfora sigue vigente.

En tiempos de las “faikman news”, proliferan discursos que, frente a las tropelías de Donald Trump —como sus declaraciones sobre Groenlandia—, imaginan una versión renovada y “amigable” de la Doctrina Monroe. Bajo la consigna “América para los americanos”, algunos sugieren que esto podría traducirse en la salida del Reino Unido de nuestras Islas Malvinas.

Se trata, sin embargo, de lecturas ingenuas —o interesadas—. Voces que incluso desde tradiciones políticas nacionales parecen perder perspectiva histórica: denuncian la amenaza de unos actores globales mientras idealizan a otros, como si el “amo” finalmente hubiera decidido compartir la mesa.

La historia argentina muestra otra cosa. Nuestro país ha sostenido, con matices, una tradición de relativa neutralidad en política exterior. Esa posición no fue casual: se vincula con la forma en que Argentina se insertó en el mundo moderno hacia fines del siglo XIX, como exportadora de materias primas y con fuertes vínculos comerciales con el Reino Unido. Aquella estructura, diseñada por la élite terrateniente, permitía moverse con cierta flexibilidad diplomática sin alineamientos rígidos.

Durante las guerras mundiales, esa neutralidad se mantuvo. Y, salvo la excepcionalidad extrema de la dictadura genocida —inscripta en la lógica de la Guerra Fría y articulada con los intereses de Washington en la región—, Argentina sostuvo su reclamo por Malvinas en el marco del derecho internacional y la vía diplomática, denunciando la ocupación británica iniciada en 1833.

Pero para comprender Malvinas, es necesario mirar más atrás. En 1831, cuando Luis Vernet intentó regular la explotación de recursos en las islas, Estados Unidos respondió enviando la corbeta USS Lexington, que arrasó la colonia argentina. Ese hecho debilitó decisivamente la presencia nacional y abrió el camino para la ocupación británica dos años después.

Escala de tiempo

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Desde entonces, la relación entre Estados Unidos y el Reino Unido —cada vez más estrecha— condicionó la cuestión. Durante el siglo XX, esa alianza se consolidó en la Segunda Guerra Mundial y luego en la Guerra Fría. En ese marco, resultaba improbable que Washington priorizara el reclamo argentino por sobre su socio estratégico.

El episodio más evidente fue la guerra de 1982. Tras un intento fallido de mediación, Estados Unidos apoyó abiertamente al Reino Unido con inteligencia, logística y recursos clave. Fue un respaldo decisivo.

Por eso, pensar que un cambio de liderazgo en Washington puede alterar esta lógica estructural es desconocer la historia. La Doctrina Monroe nunca implicó un respaldo automático a América Latina frente a Europa; por el contrario, fue una herramienta de expansión de la influencia estadounidense en el continente.

Malvinas lo demuestra con claridad: aun en contextos de afirmación hemisférica, la prioridad de Estados Unidos ha sido sostener su alianza con el Reino Unido.

De allí que el desafío argentino no pase por esperar gestos externos, sino por construir una estrategia sostenida en el derecho internacional, la diplomacia multilateral y la integración regional.

La historia ofrece imágenes elocuentes: 1831, 1982 y el presente dialogan entre sí. Desde la Lexington hasta la célebre tapa de la revista Humor que mostraba a Thatcher y Reagan en la cama y el canciller argentino Costa Méndez como el cornudo del momento;  pasando por las advertencias de José Martí y Manuel Ugarte sobre “las entrañas del monstruo”. También por los errores propios: la dictadura creyó que podía recuperar las islas con el beneplácito de Estados Unidos. Nada de eso ocurrió.

Imagen que contiene tabla, caja, alimentos

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.Un libro con la imagen de una caricatura de una persona

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Cada alineamiento internacional tiene consecuencias. Algunas pueden ser favorables; otras, profundamente perjudiciales. Pero lo que no admite dudas es que las potencias actúan en función de sus propios intereses.

Creer que “el amo se hizo bueno” no solo es una ilusión: es una peligrosa forma de desarmar cualquier política soberana. Más aún en un contexto global donde ciertos alineamientos —norteamericanos, israelíes, anti chinos o anti rusos— lejos de acercarnos a la recuperación de nuestras islas, podrían empujarnos hacia escenarios de conflicto de escala incierta.

Recordar, entonces, no es un ejercicio nostálgico. Es una necesidad política.

Otra vez, por los techos del norte, viene el bloque imperialista a matarnos la ilusión de recuperar la soberanía.

Un periódico con la imagen de una pantalla

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