De 1949 a 2025, el cine nacional y su batalla por el sentido.
Por Mariano Ameguino
“Esperamos el análisis de Mariano sobre Homo Argentum”, decían los compañeros en el grupo de WhatsApp de la Revista Marambio. Y es que he tenido la osadía, en algunas oportunidades, de analizar el rol de la industria cultural a la hora de construir imaginarios y subjetividades en nuestras sociedades. ¿Qué intereses defienden esas producciones? ¿Quién las financia? ¿Cuál es la intención de cada mensaje? ¿Quién se beneficia con ese relato y a quién se busca perjudicar?.

Los compañeros y compañeras depositan una alta expectativa en los aportes que uno pueda realizar. De hecho, en otras oportunidades, algunas notas nos invitaron a reflexionar sobre Francella y los directores Cohn y Duprat, cuando compartimos el artículo “El EnGarcado y la construcción de subjetividades gorilas”, que puede volver a leerse en el siguiente enlace (http://www.marambio.com.ar/index.php/cultura/363-el-en-g-arcad0-y-la-construccion-de-subjetividades-gorilas#disqus_thread ).
En primer lugar, la demora en analizar la película se debió a la incapacidad —o a la negativa— de aceptar pagar una entrada y convertirme en parte de quienes aportaban a la propaganda que presentaba al film como una “película taquillera”. En segundo lugar, a la decisión de no emular al presidente “peluca”, quien se jactaba de haber reunido a todos sus colaboradores para ver la película unas dieciséis veces.
De algún modo, el propio Presidente ya había adelantado de qué lado de la grieta se encontraba cuando, un martes, luego de una reunión con legisladores afines en la Quinta de Olivos, coronó la noche viendo la película junto a sus invitados. Y volvió a verla el viernes siguiente con su gabinete en la Casa Rosada (Clarín, 16 de agosto de 2025).
Del mismo modo, y aportando al debate y a la profundización de la grieta, comenzó a circular la idea de que El Eternauta, protagonizada por Darín y centrada en el homenaje al héroe colectivo, encontraba su contrapunto en este film que pretendía mostrar “al verdadero argentino”.
Más tarde, tras el triunfo peronista en las elecciones provinciales de septiembre, pudieron leerse en redes sociales mensajes que afirmaban: “Parece que no alcanzó con Homo Argentum”, en clara alusión al supuesto poder de un film para generar posturas, consensos, puntos de vista, imaginarios y subjetividades. De esta manera, la industria cultural interfiere en nuestra forma de consumir, de debatir, de enamorarnos y, también, de votar.
No es intención de estas líneas establecer un carácter determinista de los mensajes culturales sobre nuestra forma de ver el mundo, pero —como las brujas, que “las hay, las hay”— los films invitan a reforzar zonas de confort, incorporar discursos, fortalecer miradas y fundamentar debates que luego se trasladan a otras arenas. En este sentido, quienes celebramos que la película de Dolores Fonzi, Belén, haya sido elegida para competir por el premio Oscar representando a nuestro cine nacional, encontramos cierto alivio frente al temor de que una obra como estas versiones de los Pepes Argento termine representando al colectivo audiovisual argentino. (Se sugiere la lectura de la nota: Milei abre una guerra civil en el cine argentino: “Homo Argentum” vs. “Belén”).
Finalmente, antes de cumplir —con cierto rezago— el pedido de los compañeros de la Revista Marambio, llegó a mi algoritmo una película argentina de 1949: Un hombre solo no vale nada, de Mario Lugones, con guion de Porter y relato de Geller.
Se trata de una entretenida comedia de enredos que, con demasiada frivolidad, presenta la historia de un hombre solitario, interpretado por Enrique Serrano. Al conocer a una bailarina, se desencadena una serie de situaciones que llevan a sus empleadores a ascenderlo en la empresa donde trabaja, aunque con la cuestionable intención de conquistar a la mujer, presentada públicamente como su esposa cuando en realidad se trataba de una farsa. Una historia liviana que, sin embargo, en 1949 se permite esbozar el siguiente diálogo en una escena puntual:
—¿Qué tierra es la que produce más: la que está bien regada o la que se deja a la buena de Dios?
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Es el mismo caso, señor gerente. Un hombre atormentado por la libreta del almacén, porque no tiene para cigarrillos, porque no le alcanza para que su mujer se compre un trapito o para que sus hijos tengan un juguete, no puede rendir mucho: está insatisfecho.
—Esos no son problemas nuestros.
—Yo creo que sí. El obrero debe ser feliz, y son ustedes quienes deben procurar que los sueldos concuerden con sus necesidades. Es clarísimo: con salarios justos, sin preocupaciones, se produciría más y la fábrica se vería beneficiada.
A lo que deseo referirme es a cómo, en medio de una historia propia del cine “shampoo”, frívola, picaresca y de enredos, pensada para entretener al público masivo, se habilita una “bajada de línea” coherente con las políticas sociales que buscaban mejorar la vida de los trabajadores y convertir sus demandas en derechos. Ningún film es inocente: es necesario comprender su contexto, su intención, su mensaje y el lugar que ocupa en las disputas de sentido de cada época.
Finalmente, traicionando todos los ideales que pretendo ostentar, pero con la complicidad de no haber pagado la entrada —y no formar parte de la estadística taquillera que la posicionaba como una de las películas más vistas del año—, prostituí mi conducta al aprovechar la plataforma Disney para ver el film de Francella desde el living de mi casa.
Allí, luego de intentar analizar las dieciséis microhistorias inconexas que presenta la película, no logré vislumbrar un mensaje que permitiera iluminar a los lectores ni cumplir con la expectativa de los compañeros que aguardaban este análisis.
Me resulta imposible coincidir con quienes la han presentado como una gran película. No solo es aburrida, sino que la falta de coherencia convive con la ausencia de estética y de narración fílmica. A riesgo de cierta soberbia, considero que quienes la valoraron o aplaudieron no lograron advertir que la supuesta crítica al Homo Argentum es, en realidad, una crítica atravesada por el cipayismo y el porteño-centrismo propios de quienes pretenden gobernar a un pueblo que no conocen.
La avaricia, la mediocridad y, por sobre todas las cosas, la hipocresía que caracterizan a los pequeños personajes que interpreta Francella invitan más a pensar en quiénes produjeron la película que en el modelo de ciudadano argentino que dicen denunciar.
Estereotipos estigmatizantes que hablan más de quienes representan que de aquellos a quienes intentan representar. Si la única salida es Ezeiza; si todas las empleadas domésticas no son compatriotas o provienen de provincias que no se consideran parte del territorio nacional; si el barrio de Liniers se ubica en la provincia de Buenos Aires; si la inseguridad es sinónimo de conurbano; si abundan la falsa denuncia por abusos, el maltrato de género y las historias cargadas de ventajeros, violencias e infidelidades, todo ello constituye un emergente de lo que para Cohn y Duprat condensa hoy la identidad argentina.
Diremos entonces que el film termina siendo una caricatura de ellos mismos: tilingos que no saben diferenciar entre ciudad y provincia, que no aprecian la diversidad de nuestro pueblo, que ridiculizan a quienes podrían ser sus amigos de cóctel, que arrojan botellas desde un balcón o consideran la limosna como una forma de ganarse el cielo mientras evaden impuestos y juegan a la ruleta financiera. Como para ellos vivimos en un “país de mierda”, intentan convencernos —a través de metros de celuloide y obscenas publicidades que enturbian la proyección— de que el nuestro forma parte de ese país. Una estrategia de desmoralización que subyace en muchas de las producciones que nos ofrece la industria del entretenimiento.
Referencias:
'Homo Argentum' vs. 'Belén' https://www.elmundo.es/cultura/cine/2025/12/30/6953f90efc6c83c23a8b4579.html
https://es.wikipedia.org/wiki/Un_hombre_solo_no_vale_nada
