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Por Paula Lértora / Relato trabajado en el Taller Literario "PATRIA GRANDE" de la Biblioteca Popular Sudestada - 2021

En la vestimenta monótona del pescador (…), el pulóver es algo así como su huella digital, la única señal que lo distingue.

Ema Wolf, “El abrigo” en “El libro de los prodigios”

 

Hace demasiado tiempo que nací en este pueblo pedregoso como sus habitantes. Desde muy pequeña aprendí el oficio: tejer el pulóver de cada hombre que nace acá y, con él, su destino.

Lo empezamos el día de su nacimiento y lo terminamos el día del bautismo en el mar, al llegar a la juventud.

En este caserío marítimo de acantilados profundos y grises como la vida de cada uno, yo me dedico a tejer, como todas, pero también a leer los pulóveres de los pescadores.

En el tejido, los dibujos y los puntos se entrelazan, y al igual que las líneas de la mano, me cuentan la vida de su dueño.

Cuando nuestros hombres, ásperos como lana sin hilar, se arrojan al mar, llevan de protección ese pulóver que se fue tejiendo a la manera de sus días, monótonos, lentos.

Son pescadores ansiosos por llegar al agua y olvidarse de ese pueblo donde todos los días es el mismo día salvo por la esperanza salada que rompe contra las rocas, incansable. Hacia ella clavan los ojos vacíos de otra ambición.

La historia de cada uno está en esa segunda piel que les tejemos. Lleva nudos de dolor, amores deshilachados y un dibujo casi invisible que soporta a la vida misma.

Leo hasta donde las yemas de mis dedos lo permiten.

Hoy en vísperas de fiesta, me tocó leer un pulóver que tejía desgracia.

Traté de disimular ante ese hombre, pero mis dedos ardían con la sal y se trababan en cada relieve. El tejido exhalaba olor de algas resecas y un crujir persistente como de conchillas pisadas se me pegaba a las manos.

 

-Tiene una salud de hierro - le dije, mientras recorría el cuello del pulóver.

-¿y el dinero?- preguntó cuando mis manos bajaban por las mangas

-llegará pronto- me apuré a contestar

Él me clavó la mirada y buscó la verdad. Bajé la vista.

 -¿y el amor?

-Llamará enseguida a su puerta - mentí

 Sentí mis dedos estrangulados entre los puños del tejido. Los vi hinchados, morados. Empecé a perder la vista y un sudor helado brotaba de mi cuerpo.

-Acá adentro hace mucho calor - dije, y cuando fui hasta la ventana para soltar mis miedos casi tropiezo con el canasto del tejido.

 El hombre estaba apurado y ni lo notó. Quería embarcar esa misma tarde a pesar de ser víspera de un día sagrado. Pese a que todos en el pueblo sabemos que eso no se hace.

 -Es provocar al destino – le dije.

 

Él miró cada dibujo de su pulóver como si fuera un amuleto y a cada punto avanzaba, sus ojos perdían brillo hasta que terminaron secos. Se fue.

Hace dos horas que empezó la tormenta y puedo escuchar cómo, desde el fondo del mar, un hilo de voz teje un mensaje.

Trato de urdir las palabras antes de que se me escapen. Los dedos suben, bajan, se cruzan.

Tejo, tejo, tejo

 ¿Amor, agradecimiento, despedida?

Mis brazos caen y las agujas chillan contra el piso de piedra.

De entre mis manos se escapa la última hebra de gritos que se desliza nerviosa por el suelo, pasa por debajo de la puerta y la pierdo de vista. Pero sé que atraviesa el pueblo hasta llegar al borde de los acantilados, chorrea por ellos hacia la costa y se hunde en el mar.

 Tomo las agujas del suelo, agarro una madeja del canasto y comienzo el tejido de otra vida.