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Extraído del sitio https://www.elcohetealaluna.com/, publicado el 14/10/2018

Escrito por Mónica Peralta Ramos

 

Crisis financiera, militarización de las finanzas y ajuste del FMI

El nuevo tarifazo dominó la escena política de esta semana. El gobierno intentó compensar las supuestas pérdidas de ganancia de estas corporaciones como consecuencia de la corrida cambiaria, transfiriendo el peso de la devaluación a los consumidores. La bronca generalizada, y la conformación de un movimiento de resistencia liderado por intendentes, dirigentes de la oposición, representantes de consumidores, movimientos sociales y sindicatos, logró por el momento frenar este intento. Al mismo tiempo que esto ocurría en el mundo real, el dólar se mantuvo estable fluctuando dentro de las bandas estipuladas por la política monetaria, mientras las altísimas tasas de interés continúan generando una deuda insostenible y sumergen al país en una profunda recesión. En estas circunstancias, un vendaval azotó el miércoles al mercado de acciones en los Estados Unidos, provocando una baja de 3 a 4% en los distintos índices que afectó principalmente a las acciones tecnológicas con la mayor caída en 7 años. Esta tendencia continuó en días subsiguientes, contagiando a todos los mercados bursátiles, incluido el de China.

Estos fenómenos, aparentemente desconectados, contribuyen a arrojar algo de luz sobre la realidad que vivimos, inserta en las entrañas de las finanzas internacionales. En esa oscuridad casi impenetrable, un terremoto de consecuencias imprevisibles se está gestando. En lo que sigue analizaremos la precariedad de la coyuntura financiera internacional y las relaciones de poder que la impregnan, para eventualmente resignificar los fenómenos que impactan sobre nuestra realidad inmediata.

 

La frágil coyuntura financiera internacional

En un mundo donde la integración de las finanzas con la producción global ha alcanzado niveles inéditos, el peligro de implosión del sistema financiero internacional está a la orden del día. La creciente militarización de la política económica y financiera de los Estados Unidos contribuye a desestabilizar una coyuntura financiera internacional que, corroída por sus propias contradicciones, no ha logrado superar ni las causas estructurales que llevaron a la implosión financiera de 2008, ni el brutal impacto que la misma ha tenido sobre la producción y las finanzas globales.

La estrategia que la Reserva Federal adoptó para sortear la crisis fue una política de expansión monetaria con tasas de interés cercanas a cero (QE). Esta política salvó a los grandes bancos de la debacle, pero no logró revertir las causas estructurales que llevaron a la crisis financiera. Por el contrario, la brecha entre el crecimiento de la producción y el de la deuda se ha ampliado en el mundo entero.

La política de la Reserva Federal contribuyó a impulsar una dinámica que ha dado lugar a la sustitución de la inversión productiva por endeudamiento creciente y búsqueda de rentabilidad en inversiones financieras cada vez mas riesgosas y con instrumentos cada vez más amplios, opacos y carentes de regulación. Estos últimos han contribuido a la  proliferación de burbujas en los distintos mercados de acciones, monedas y bonos. Si bien la desestabilización de las finanzas globales puede ser detonada por cualquier acontecimiento imprevisto en cualquier lugar del planeta, poco a poco las acciones de las corporaciones tecnológicas y las economías emergentes adquieren mayor importancia como fuente de desestabilización.

El rol de las corporaciones tecnológicas en la expansión económica y militar de los Estados Unidos explica el lugar central que su precio ocupa en la evolución de los mercados de acciones. Esta centralidad se ha amplificado gracias al uso generalizado en las transacciones financieras de algoritmos y plataformas cada vez mas amplias y sofisticadas.  Así, la evolución del precio de estas acciones (y especialmente la de las mas importantes, las FAANG: Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Alphabet’s Google) y la inclusión masiva de las mismas en instrumentos financieros complejos (entre otros los ETF, Exchange Traded Funds, o fondos cotizados en bolsa) ha dado importancia decisiva a estas acciones en lo que hace a la estabilidad financiera global.

Las economías de los países emergentes adquirieron importancia creciente en tanto ámbito de posible desestabilización del sistema financiero en su conjunto. Desde 2008 en adelante, estas economías se sumaron al festín de la especulación impulsando políticas financieras destinadas a atraer a los flujos de capitales especulativos aprovechando las elevadas tasas de interés domésticas y el tipo de cambio local. Estas condiciones derivaron en un creciente endeudamiento en dólares, tanto público como corporativo, el que sumado a la depreciación de las monedas domésticas hace posible el default de esta deuda con posibilidades de grave daño a las finanzas globales.

La integración de China a la producción y al sistema financiero global ha contribuido a acrecentar ese peligro. Al mismo tiempo que las grandes corporaciones tecnológicas norteamericanas aumentaron su presencia directa en la economía de China, las finanzas chinas se han visto gradualmente expuestas a los movimientos especulativos del capital financiero internacional a pesar de estar reguladas por la banca central china. La guerra comercial con los Estados Unidos incrementa la probabilidad de que China se desprenda del enorme volumen de Bonos del Tesoro norteamericano que posee en reserva, por más de un billón de dólares, con efectos sísmicos sobre las finanzas globales. Tiene lógica. Durante las últimas décadas esas tenencias estuvieron amarradas al superávit comercial que China mantuvo con Estados Unidos. Pero se pensaba que ambas potencias estaban cómodas con esa riesgosa forma de equilibrio. Hasta que llegó Trump con su America First, a batir el parche de la guerra comercial. China replicó con restricciones similares para las exportaciones de Estados Unidos a su gigantesco mercado. Pero su arma principal son los bonos estadounidenses que atesora.

 

La restricción monetaria

Desde el 2015 el BIS (Bank of International Settlements de Basilea, el Banco de los Bancos Centrales del mundo) ha advertido sobre el peligro de una nueva crisis financiera seguida de recesión en circunstancias en que la política de la Reserva Federal (conjuntamente con la de los otros bancos centrales del mundo) ha quedado sin munición para enfrentarla. En efecto, la política de tasas de interés cercanas a cero quitó a los Bancos Centrales capacidad de maniobra para sortear una crisis manipulando las tasas de interés hacia abajo. Ante esta situación, la recomendación del BIS ha sido subir las tasas de interés para recuperar esa capacidad de maniobra y adoptar al mismo tiempo reformas tendientes a combatir la opacidad y la falta de regulación de las transacciones. Desde fines de 2016 la Reserva Federal ha empezado a sustituir gradualmente la política de facilitación monetaria por una política de restricción monetaria y tasas de interés crecientes.

Paradójicamente, este cambio de política ha aumentado el riesgo de implosión financiera, pues toda suba de las tasas de interés puede pinchar las burbujas financieras al encarecer el endeudamiento (bajo sus diferentes formas), y al aumentar el riesgo derivado de transacciones automatizadas, con múltiples instrumentos atados en forma opaca e incluso invisible y operando en sectores no regulados del mercado financiero.

Desde principios de este año, la suba gradual de las tasas de interés de la Reserva Federal tuvo un impacto negativo sobre las economías emergentes al impulsar la fuga de capitales en búsqueda de mayor seguridad en el mercado financiero estadounidense. Al mismo tiempo, la devaluación de las monedas domésticas ha aumentado el peso de la deuda publica y corporativa en dólares.

Esta nueva política de la Reserva Federal desnudó un problema estructural que permaneció oculto durante mucho tiempo: la falta de liquidez global en dólares. En efecto,  la magnitud del endeudamiento en dólares contrasta enormemente con la existencia de dólares en circulación. Esto significa que no existen los dólares necesarios para parar una corrida bancaria. Este problema afecta tanto a las finanzas como al comercio internacional. En la medida en que un 80% de este tráfico se hace en dólares, una interrupción por falta de financiamiento puede provocar un desbarajuste generalizado.

 

Militarización de la política financiera y comercial

La creciente militarización de la política económica norteamericana tuvo gran impacto desestabilizador sobre el conjunto del sistema financiero internacional. El gobierno de Trump ha utilizado estas políticas para imponer cambios tanto en los países aliados que resisten sus directivas, como en aquellos que considera enemigos. Numerosos incidentes muestran el avanzado uso de estas políticas para controlar el mercado y las rutas de abastecimiento de recursos no renovables de importancia crítica, como gas y petróleo, y para controlar el desarrollo de tecnología y el comercio de armamentos. A modo de ejemplo, recientemente se han aplicado sanciones financieras y comerciales a:

Estas sanciones han tenido consecuencias diversas, algunas veces no deseadas. Por un lado, las sanciones financieras crearon un caldo que fomenta la especulación financiera, la fuga de capitales, la devaluación y el endeudamiento de economías emergentes que no necesariamente son objeto del ataque pero se contagian. En este sentido, las sanciones financieras impuestas recientemente a Turquía han provocado una vorágine especulativa que desbordó hacia otros países y regiones.

Por otra parte, las sanciones financieras y comerciales impuestas a China amenazan con producir una desestabilización del propio mercado de acciones norteamericano. Esto se debe al rol central de las empresas tecnológicas en la economía y las finanzas de Estados Unidos. Si China responde a los ataques norteamericanos imponiendo represalias sobre las corporaciones tecnológicas insertadas en la economía china —cosa que hasta ahora no ha ocurrido—, seguramente repercutirá sobre el mercado norteamericano, dado que cerca de un 20% de las ventas de las mas grandes corporaciones tecnológicas provienen de su producción en China, y el precio de esas acciones tiene incidencia sobre la evolución del mercado de acciones norteamericano.

Tal vez la principal paradoja resultante de la militarización de la política financiera y cambiaria ha sido su contribución al cuestionamiento del rol del dólar como moneda internacional de reserva. Este cuestionamiento ha llevado a Rusia y a China a redoblar esfuerzos para crear un sistema alternativo de pagos y transacciones financieras que les permita protegerse de las sanciones financieras norteamericanas, nucleando al mismo tiempo a otros países que buscan una mayor independencia de los Estados Unidos. A este esfuerzo se ha sumado recientemente la Union Europea creando un Instrumento Financiero Especial, primer paso hacia el pleno desarrollo de un sistema de pagos alternativo al SWIFT dominado por los Estados Unidos. Estos intentos de poner fin al dominio del dólar abren un espacio para la corrosión del control económico de los Estados Unidos sobre el resto del mundo.

 

El FMI y la corrida cambiaria

La posibilidad de una inminente crisis financiera global seguida de recesión y la preocupación por el avance del populismo están cada vez mas presentes en los análisis de notorios representantes de las finanzas globales: desde bancos y fondos de inversión hasta miembros de la academia (entre otros: Bloomberg 13 y 27 /10/ 2018; Zero Hedge: 20/ 5, 7/6 ; 24/9 , 14 /9;  3 /10  6/10 ; 8/ 10, 2018; Project Syndicate 13/9 2018 etc.)

El Plan de Ajuste propuesto por el gobierno y el FMI adquiere en este marco una nueva significación. Es un intento de controlar el conflicto social y de canalizar a través de la deuda y sus intereses la transferencia de ingresos, excedente, riqueza acumulada y recursos naturales hacia el centro del capitalismo global monopólico. Para ello se   acrecienta la masa de ingresos y excedente que se transfiere provocando una desvalorización brutal de los ingresos populares a partir de la caída de los salarios y el desempleo creciente. Esto se logra con una política monetaria que impulsa un estado de recesión y devaluación permanente. A esto se suma el saqueo de los beneficios sociales y de los fondos de jubilación y pensión y el recorte de las transferencias hacia los municipios y provincias.

Pero el Plan de Ajuste también busca neutralizar la fuga de ingresos, excedente y riqueza acumulada hacia otros actores sociales que disputan por apropiarse de una porción mayor: desde los grupos económicos que controlan monopólicamente a los sectores estratégicos de la economía y cuya arma principal es la estampida inflacionaria a partir de la formación de los precios de los bienes que producen; hasta los del campo y los del comercio, pasando por la miríada de Pymes que en los distintos sectores de la economía luchan por sobrevivir tratando de ampliar su cuota de participación en el excedente. El disciplinamiento en estos casos pasa por el quite de todo tipo de subsidios, la profunda recesión conjuntamente con devaluación permanente y el creciente endeudamiento.

Así, el plan de ajuste del FMI es un instrumento funcional a la militarización de la política financiera y económica de los Estados Unidos. La posibilidad de una crisis financiera internacional y la creciente falta de liquidez de dólares auguran mayores dificultades para cumplir las metas propuestas por el Plan de Ajuste y abonan la necesidad de salir de este círculo de destrucción generando una amplia oposición al Ajuste y su sustitución por un programa de desarrollo nacional integrado e inclusivo. La respuesta de la oposición al tarifazo de esta semana indica un camino para cambiar la actual relación de fuerzas.