Imprimir
Visto: 307

Publicado en https://oleada.com.ar

Escrito por Lucas Villasenin

La crisis económica pone al kirchnerismo como principal alternativa de cara a 2019. Ante este escenario: ¿Qué fue y que es para quienes en diversos momentos adhirieron al mismo? ¿Qué respuestas se configuran ante su vigencia? ¿Qué desafíos tiene para retomar el éxito político?.

La imagen del reencuentro entre Cristina Kirchner y Hugo Moyano

El kirchnerismo nació en la política nacional siendo mezcla entre la garantía de gobernabilidad post-2001 (expresado por el apoyo de Duhalde y Lavagna) y el temor a que el menemismo vuelva al gobierno en 2003. En un año Néstor pasó del desconocimiento de la mayoría de los argentinos a ser presidente con un 70% de imagen positiva.

Su llegada a la Rosada expresó un cambio generacional y una transformación del vínculo entre la dirigencia política “del fracaso” y la sociedad. En su figura se representaban algo del imaginario peronista tradicional y un apego por la institucionalidad. Pragmatismo y cercanía, respeto a las instituciones y ruptura del protocolo conservador, eran distintas formas del hacer político que le daban un apoyo social para salir de la crisis política que había atravesado el país.

Tal cual lo expresa el investigador Mariano Dagatti en su libro El partido de la patria, el liderazgo de Néstor era un “liderazgo invertido”. Se buscó asociar la imagen presidencial al de un “sujeto común, ordinario, cercano, próximo, invariablemente presidencial e inmediato”. Así Néstor lideró la “refundación” y la “nueva Argentina” mostrando a los beneficiarios concretos de la recuperación económica que dejaba atrás los dolores de la crisis.

Se rechazaba al neoliberalismo pero aún no se consolidaba una identidad política propia. Se mostraban cambios sustanciales en las relaciones internacionales y en la reivindicación de la militancia setentista pero los marcos de alianzas conservadores y los apegos al orden predominaban.

La racionalidad económica, la responsabilidad institucional y la idea de “un país en serio” eran los principales sustentos del apoyo al gobierno. La llamada “transversalidad” pudo haber sido el cierre perfecto de aquella propuesta a la sociedad argentina.

El conflicto con las patronales agrarias en 2008 y el fallecimiento de Néstor en 2010 son dos hitos fundacionales de la identidad política kirchnerista. En 2008 se expresa la constitución definida de una oposición visceral a su gobierno y en 2010 se delinean como nunca antes los contornos de una representación ideológica propia. La ruptura de las alianzas que sustentaron al gobierno de Néstor condujeron linealmente a pararse ante la sociedad desde el “¿qué te pasa Clarín?”. Simultáneamente, se conformaba una identidad sustentada en el coraje de enfrentar a los grupos de poder. Del hombre común se pasó a la épica militante. Así surgió lo que hoy tiene el nombre de “grieta”.

El kirchnerismo se transformó en una de las identidades del nacionalismo-popular en el siglo XXI. Se sustentó en una recreación del peronismo vinculada más a las banderas de la izquierda y el progresismo político que al orden y a la transversalidad a la que se aspiraba en la elección de 2007. La reivindicación de la política como herramienta de confrontación con las élites se impuso sobre las aspiraciones de una gobernabilidad conformista.

Otro gran hito de esa construcción identitaria fue el proceso electoral de 2011. Allí la fuerza de Cristina se mostró como la fuerza de Argentina y, más que de Argentina, de los 40 millones de argentinos y argentinas. La eficacia política del kirchnerismo en el auge de construcción identitaria es paradigmática en la historia reciente de nuestro país.

Así también lo fueron los problemas posteriores. La dinámica de confrontación del kirchnerismo contra las corporaciones llevó a su discurso y su estética a contraponerse a todo lo que ellas representaban. No solo se trató de un enfrentamiento con los medios de comunicación tradicionales o la Sociedad Rural. También con la grupos de poder que fueron pilares de la idea de un “capitalismo serio”, como la UIA o la CGT.

Se mostraba vitalidad y juventud mientras se reforzaban las tensiones de las clases medias. Como sostuvo Martín Rodríguez en su libro Orden y progresismo, la clase media fue (o aún es) la “ecología” del kirchnerismo. En ese ambiente “el país en serio” le fue ganando al “vamos por todo”. Así fue que ese “vamos por todo”, más que transformarse en políticas efectivas, se convirtió en un miedo movilizador de las élites que terminaron impulsando a Cambiemos al gobierno.

Cristina se podía transformar en la presidenta más lúcida para el progresismo intelectual, pero sus cadenas nacionales eran motivo de hastío. De Néstor hablando con Tinelli en vivo a la medianoche, desde Olivos, se pasaría al “queremos preguntar” ante la ausencia de conferencias de prensa de Cristina. La épica de grandeza y cierto elitismo intelectual se transformaron en lejanía para la mayoría de esos 40 millones de argentinos y argentinas que con su fuerza la llevaron a Cristina a la presidencia en 2011. El valor macrista de la “cercanía” no cayó del cielo: es un valor creado al calor de la contraposición mediática con el kirchnerismo.

El filosofó Walter Benjamin sostuvo que la imagen irrevocable del pasado corre el riesgo de “desvanecerse para cada presente que no se reconozca en ella”. El tiempo actual es el que configura la historia del kirchnerismo. La identificación con un pasado kirchnerista no puede estar ausente de tensiones, resignificaciones y de reapropiaciones posibles. El pasado no es una temporalidad lineal ni homogénea y el kirchnerismo como movimiento que ha logrado perdurar es un ejemplo de ello.

Hoy: la alternativa anti-neoliberal

El kirchnerismo fue condenado a morir antes de nacer. En 2003 porque Néstor iba a ser el “chirolita” de Duhalde. En 2007 porque se develaban sus alianzas tradicionales y se mostraban sus derrotas en los centros urbanos. En 2008 por el conflicto con las patronales agrarias y la derrota de la 125. En 2015 se acababa el gobierno del kirchnerismo y sin la “caja” del Estado ese movimiento se desvanecería en el aire. En 2017 la derrota electoral de Cristina en la provincia de Buenos Aires, contra un candidato prácticamente ignoto, la haría dar un paso al costado. Aún hoy algunos anuncian su muerte con las fotocopias de unos cuadernos y las condenas del poder judicial por casos de corrupción. También se comparó al fervor del núcleo más duro con los grupos de poder que rodearon a los anteriores presidentes. Desde la Coordinadora Radical hasta el Grupo Sushi, pasando por la farándula menemista.

Ninguno de esos pronósticos deterministas se cumplió. El kirchnerismo existe y sus principales dirigentes están más cerca de la épica de la resistencia peronista que de la derrota ideológica de todos los grupos de dirigentes que lo precedieron en la Rosada. A nadie se le cruza por la cabeza la imagen de integrantes de esos grupos precedentes siendo gaseados en la puerta del Congreso, en movilizaciones populares o yendo presos. Su presencia mediática y el ataque sistemático que se monta sobre los mismos demuestra que del kirchnerismo no se habla en pasado sino en presente.

Cuando Menem estaba en prisión domiciliaria en 2001, por la venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia, se trataba de un asunto del pasado. Incluso aunque en 2003 llegaría a sacar el 24% y ganar en primera vuelta. Hoy una posible detención de Cristina no sería un asunto judicial o parte de una agenda mediática que hace referencia al pasado. Sino que -salvando las distancias- sería similar al encarcelamiento de Lula en Brasil. Sería la detención de la principal líder opositora al gobierno.

El kirchnerismo se pudo jactar el 9 de diciembre de 2015 de ser el primer gobierno saliente que era apoyado por una Plaza de Mayo repleta. Hoy el kirchnerismo se puede jactar de haber sobrevivido al abandono del gobierno y a una derrota electoral en 2017. Ni el alfonsinismo, ni el menemismo podrían atribuirse algo semejante.

Luego de tres años de macrismo en el gobierno el país está más polarizado. Incluso sus principales intelectuales orgánicos dieron de baja el eje de “unir a los argentinos” porque asumieron su inviabilidad durante el primer mandato de Macri. La confrontación con el kirchnerismo conduce a buscar asociarlo con todos los males que le suceden al país (desde el aumento de tarifas hasta la explosión de una escuela en Moreno).

En la grieta, mirada desde el macrismo, todos los que se oponen a sus políticas están asociados de alguna manera al kirchnerismo. Así lo demostró la única vez que Macri nombró a Cristina desde que asumió la presidencia. Fue el último 28 de mayo, cuando pidió a los senadores que no se dejen guiar por sus “locuras” rechazando los últimos aumentos de tarifas.

La oposición a la baja en el cálculo para aumentar jubilaciones, a los aumentos de tarifas, a volver al FMI o a poner a los militares en tareas de seguridad interior se transforman así en los vectores de la grieta de los últimos meses. Desde la óptica macrista, las posiciones mayoritarias de la sociedad ante esas políticas de gobierno se transforman automáticamente en kirchneristas.

Simultáneamente los intentos de reflotar una opinión favorable a terceras vías son deseadas por grupos de poder descontentos con el mismo macrismo (dirigencias de partidos tradicionales dadores de gobernabilidad, la UIA, sectores conservadores de la CGT, medios de comunicación tradicionales, periodistas e intelectuales liberales, etc.). Son los que se sienten “defraudados” por diversas razones o porque sus negocios no andan en buenos momentos. Todos apoyaron en el balotaje a Macri en 2015 o guardaron expectativas por un Lousteau en Capital, un Massa en Provincia o alguno de los tantos gobernadores peronistas anti-k.

Lamentablemente para ellos solo queda la decepción con la sociedad argentina por encerrarse en la polarización y la expectativa de que los escándalos mediáticos del poder judicial abran la puerta a una crisis de representación política. Sería una crisis de la cual los únicos nombres que saldrían serían peronistas conservadores cuya representatividad nacional es casi nula (Pichetto, Urtubey, etc.) o un “outsider” como Tinelli.

El apoyo minoritario pero sólido que se mantuvo alrededor del kirchnerismo desde su salida del gobierno, las fracasadas terceras vías a la polarización, junto con el marco político que el macrismo tiene que adoptar para aplicar sus políticas neoliberales lo reafirman como el único actor capaz de definir sobre la derrota del macrismo en 2019.

¿Qué puede hacer para 2019?

De acuerdo al curso de la política nacional y la crisis económica es imposible predecir qué sucederá ante la elección presidencial de 2019. Hace menos de un año el contexto era distinto y, luego de triunfar en las legislativas, el macrismo propuso un “reformismo permanente”. Argentina se había pintado electoralmente de amarillo y la reelección macrista era casi un hecho. Si hoy hay debate e incertidumbre, y el kirchnerismo es la principal oposición al macrismo, es porque en 2019 el anti-macrismo le puede ganar al anti-kirchnerismo.

Así como el kirchnerismo supo mostrarle y decirle cosas distintas a la sociedad desde 2003, hoy está ante un nuevo desafío político. El camino iniciado por Unidad Ciudadana en provincia de Buenos Aires generó una ruptura con la estética y el lenguaje de los últimos años de su gobierno. Menos candidatos del aparato peronista y mas referentes sociales, menos políticos tradicionales y más gente común, menos referencia al pasado y más al presente, una convocatoria ciudadana y no tanto un movimiento identitario. La idea de “volver a tener futuro” superó al “vamos a volver”.

En los primeros debates respecto de las estrategias electorales de cara a 2019, el kirchnerismo se presenta como el principal vocero de la unidad opositora. La posibilidad de abrir el juego a una posible gran PASO y la posibilidad de que Cristina sea candidata lo dejan en un lugar privilegiado, abierto al diálogo con opositores con los que había roto relaciones hace muchos años (las declaraciones de Solá o la foto de Cristina con Moyano son ejemplos de ello). Esa propuesta de “unidad” estuvo ausente incluso en 2017, cuando se le negó a Randazzo ser parte de una PASO.

Esta coyuntura política es la que permite a Máximo Kirchner cerrar el Plenario de la Militancia Nacional y Popular en Ensenada diciendo que hay por “construir una mayoría lo más amplia, diversa y plural posible”. Además de remarcar que: “Tenemos que tener la mayor generosidad posible no solo para construir ese frente. Sino para que ese frente, de ganar las elecciones, pueda cumplir con la gente”.

El kirchnerismo en el escenario político actual está ante el desafío de presentar una reivindicación y una autocrítica de los gobierno anteriores, de dar respuestas ante las consecuencias del gobierno macrista, y así también de presentar una propuesta al país sustentada en nuevas demandas sociales. En esa clave es que Cristina en su discurso en el Senado, ante el tratamiento de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, no solo se posicionó a favor de una ley que no habría apoyado años atrás. Sino que también la principal líder del movimiento autodenominado nacional, popular y democrático utilizó su discurso fundamentalmente para incorporar la bandera del feminismo.

Walter Benjamin sostenía que ante cada época está el desafío de “arrancar la tradición al conformismo que está a punto de avasallarla”. Algo similar sucede con la actualidad del kirchnerismo. Podrá volver a ser gobierno, pero a condición de reconstruir un nuevo sentido respecto a lo que él mismo es. Su éxito seguramente no consistirá en más identidad a partir de lo que fue o de lo que rechaza; sino de construir mayorías a partir de lo dado. Esto implica incluir incluso a quienes lo rechazaron en algún momento, como así también cambios de posiciones precedentes del mismo movimiento.

Su estética puede que no abandone jamás los colores nacionales y sus discursos no parecen apuntar a abandonar la confrontación; pero lo fundamental respecto a su futuro estará en volver a dialogar con nuevas generaciones, con nuevas demandas sociales y con una parte de la sociedad que dejó de escucharlo hace tiempo pero alguna vez lo hizo. Importan menos los acuerdos con dirigentes del peronismo conservador o grupos que puedan apoyarlo por tacticismo, que desarrollar la posibilidad de hablarle a las pequeñas porciones de la sociedad que ellos representan.

El 2019 ya se está jugando en la política Argentina. No porque se estén cerrando los frentes electorales, para lo que faltan algunos largos meses. Sino porque la misma crisis económica generada por las políticas macristas ha hecho viable la posibilidad concreta de derrotarlo en las urnas. El kirchnerismo cuenta con el privilegio y la responsabilidad de comandar esa derrota posible. ¿Será posible su éxito político? ¿Será posible que el kirchnerismo se piense más en un futuro de experimentación que en un pasado épico y un presente de resistencia?