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Por Alejandro Goldín

El Kirchnerismo revivió al Peronismo y recuperó su identidad.

Perón no debió morirse nunca. Y menos en ese momento, poco después de pelearse con la gloriosa Juventud Peronista. En su lugar asumió su compañera de fórmula y esposa, Isabel Martínez flanqueada por el cada vez más influyente ministro de Bienestar Social, José López Rega. Y no casualmente a los tres meses echaron al ministro de Economía, José Ber Gelbard, un inmigrante polaco, empresario, con fuertes vínculos con la Unión Soviética y el Partido Comunista, fundador de la Confederación General Económica (CGE) y hombre de confianza de Perón. Su sucesor Alfredo Gómez Morales, asumió el 21 de octubre y aplicó un plan económico liberal llevando adelante una devaluación cambiaria y el valor del dólar estadounidense aumentó de $10 a $15. En los últimos días de mayo de 1975 Gómez Morales presentó su renuncia a  pedido de López Rega. Fue reemplazado por Celestino Rodrigo, que aplicó un severo "plan de ajuste", conocido popularmente como el "Rodrigazo". A los dos días de asumir anunció una política de shock diseñada por el viceministro Ricardo Zinn, economista ligado a José Alfredo Martínez de Hoz y a las nuevas corrientes neoliberales, que ocuparía un puesto importante en el equipo económico de la dictadura de Videla, donde sería el autor del eslogan "Achicar el Estado es agrandar la Nación". Rodrigo dispuso una devaluación del peso del 160% y un aumento de las tarifas y los combustibles de hasta el 180%. Su objetivo era adelantar los precios a los salarios, licuar las deudas de las empresas y liberar la economía para la entrada del capital extranjero. El plan económico establecía también un tope del 40% para los aumentos salariales acordados en paritarias de negociación colectiva. Para los sindicatos, que habían acordado con las cámaras patronales aumentos salariales que promediaban el doble del tope, el Rodrigazo era una declaración de guerra. Frente a la decisión de la presidenta de no homologar los convenios colectivos, la CGT declaró un paro por 48 horas, para el 7 y 8 de julio, la primera huelga general realizada contra un gobierno peronista. La masividad y contundencia de la medida de fuerza obligó a la presidenta a homologar los convenios colectivos y causó el colapso de todo el grupo de López Rega, que huyó del país. Dos días después renunciaron Rodrigo y Zinn.

Isabel nombró ministro a Pedro José Bonanni, pero su decisión de convocar a los empresarios y marginar a los sindicatos de las consultas para elaborar un nuevo plan económico, precipitó su renuncia a solo tres semanas y el 11 de agosto asumió como ministro Antonio Cafiero quien no consiguió modificar el rumbo catastrófico que estaba tomando la economía, agravado por las operaciones que realizaban ya desembozadamente los grupos golpistas. Para fin de año el déficit público llegó al 12,4% y todos los indicadores sociales se deterioraban aceleradamente. La tasa de inflación pasó del 24,4% en 1974 al 182,4% en 1975 y 444% en 1976. El 3 de febrero de 1976 fue reemplazado por Emilio Mondelli bajo cuya gestión la Argentina tuvo el primer brote hiperinflacionario de su historia, en marzo, cuando el aumento de precios llegó al 54% mensual y la presidenta legítima fue destituida mediante un golpe de Estado cívico militar que mediante una feroz dictadura impuso el Terrorismo de Estado y el primer plan económico neoliberal que logró consolidarse por años provocando una verdadera reorganización económica, social, política y cultural. 

Y no fue casualidad que en 1983 el candidato del Partido Justicialista fuera Ítalo Argentino Luder, que no solo apoyaba la auto-amnistía de la dictadura genocida sino que parecía ser un dirigente del Partido Republicano de los Estados Unidos y no del Peronismo. Porque durante el Gobierno de Isabel no solo se tomaron medidas anti populares sino que la Triple A, comandada por su ministro López Rega, comenzó una cacería de militantes de izquierda, principalmente peronistas, que años después fueron considerados crímenes de lesa humanidad como los de la dictadura genocida. Y si bien es muy importante recordar que quien expulsó a López Rega y a Rodrigo-Zinn fue la CGT Peronista, también es verdad que la semillita del terrorismo de Estado y del brutal ajuste neoliberal fue sembrada en ese momento. La identidad peronista había sido dañada por Isabel-López Rega-Zinn, pero lo que más gravemente hirió al Peronismo, a su potencia, su fuerza arrolladora trabajadora y juvenil, fue la desaparición de miles y miles y miles de sus mejores cuadros y militantes, de dirigentes sindicales, territoriales y estudiantiles que el aparato represivo de la dictadura eliminó como parte del Plan Cóndor impulsado por Estados Unidos para la región. Y el 30 de Octubre de 1983 el Peronismo, encabezado por Luder, sufrió la primera derrota electoral perdiendo con el ala progresista de la Unión Cívica Radical liderada por Alfonsín que sacó el 52% de los sufragios contra 40% del Partido Justicialista. 

Un par de años después de ese cachetazo el Peronismo comenzó un proceso de renovación liderado por Antonio Cafiero, Carlos Groso y De la Sota. Representaban un peronismo democrático, blanco, empresario, profesional, políticamente correcto, cercano al Socialcristianismo y que tenía buena prensa porque no era plebeyo ni poco conflictivo ni transgresor. Tal vez por eso para los sectores medios que vivíamos en alguna de las grandes urbes fue una verdadera y desagradable sorpresa la derrota de Cafiero con el caudillo riojano en las internas del Peronismo de 1989, pero no para los peronistas de la argentina profunda que se sintieron más reflejados e identificados en el riojano Carlos Saúl Menem, que ganó la elección presidencial del 14 de mayo de 1989 prometiendo "Revolución Productiva" y "Salariazo". Promesa rápidamente incumplida al designar sucesivamente como ministros de Economía a dos CEOs del Grupo Bunge & Born y abrazándose con la familia Alsogayay y el almirante Isaac Rojas y comenzando el periodo de relaciones carnales con los Estados Unidos. Y todo eso en nombre del Peronismo, abrazado con los enemigos históricos del Movimiento y alineándose con el Imperio de manera humillante, obscena, pornográfica. Menem se convirtió en la mejor expresión del triunfo de la Revolución Conservadora encabezada por Reagan, Teacher y el Papa Juan Pablo II y del "Fin de la Historia y las ideologías" decretada por el intelectual orgánico del Departamento de Estado, Francis Fukuyama. Un símbolo local de la terrible derrota estratégica sufrida por los pueblos del mundo que eran sometidos a la globalización unipolar neoliberal. La identidad Peronista volvía a ser herida gravemente porque de nada servía negar que Menem fuera peronista. Era una necedad inconducente. Fue una década marcada por la desigualdad y la superficialidad. Fue mucho más que un proyecto económico. Fue un verdadero proceso de reorganización nacional que transformó nuestra estructura económico social, pero también la política, la cultura y la sociedad. Y todo fue para peor cuando dirigentes y sectores peronistas que rompieron con el gobierno de Menem terminaron siendo furgón de cola de De la Rúa, de la derecha radical e impulsando a Cavallo como su ministro de Economía, el mismo que creó la convertibilidad y que siendo presidente del Banco Central en 1981 estatizó la deuda externa privada.

Por eso cuando estalló por los aires el modelo de valorización financiera ante una crisis irresoluble como consecuencia de la deuda externa, la restricción externa y el atraso cambiario que destruyó la industria nacional provocando un desempleo superior al 20%, y miles y miles de personas salieron a la calle a protestar pese al Estado de Sitio decretado por De la Rúa y la represión brutal, la consigna principal era "Que se vayan todos". Lo que estaba en crisis además del modelo neoliberal era el sistema político bipartidario vigente, con interrupciones golpistas, desde hacía más de cinco décadas. Por eso no la tenía fácil Néstor Kirchner cuando asumió el 25 de mayo de 2003 luego de obtener 22% y salir segundo en la primera vuelta detrás de Menem, que se bajó del balotaje porque era consciente que no superaría el 30% y de esa manera no solo evitó un papelón sino que Kirchner llegara a la Presidencia con más apoyo y legitimidad. Pero Néstor logró unificar a gran parte del Peronismo al recuperar su doctrina, su discurso, su mística y su épica. Y también supo oír reclamos de minorías intensas como la del Movimiento de Derechos Humanos e interpelarlos y sumarlos. Pudo conseguir apoyos diversos y construir poder con "Frentismo" y su nueva versión de la transversalidad. Y también elegir qué batallas dar y cuándo. En el año 2005 rompió con su "padrino" Eduardo Duhalde y echó del gobierno al ministro de Economía Roberto Lavagna, con quién ya había tenido diferencias muy grandes en la negociación de la deuda con los bonistas y la quita de la misma y al ministro de Defensa José Pampuro, pero al mismo tiempo mantuvo un acuerdo o pacto con Magneto y el muy poderoso Grupo Clarín al que tres días antes de entregarle la banda a Cristina le concedió la fusión de Cablevisión y Multicanal. Con Néstor volvió el Peronismo, el Movimiento que representa a la Argentina plebeya, al subsuelo de la Patria, a la clase trabajadora, al Pueblo. Con Néstor volvió la Patria Grande y el anti imperialismo, al pasar de las relaciones carnales a mojarle la oreja a Bush y hacerle fracasar el ALCA en Mar del Plata, aliado a Chávez y Lula. Con el Kirchnerismo volvió la política, la que enamora, la que entusiasma y convoca, la que es un instrumento válido, legítimo y potente de transformación en beneficio de los oprimidos. El Kirchnerismo recuperó la identidad peronista haciéndolo revivir cuando muchos ya lo daban por muerto o agonizante.