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Mientras el genocidio se transmite en alta definición, seguimos comprando como si la ética no viniera incluida en el ticket.

Por el Capitán Cianuro

 

La guerra de Israel contra Palestina está lejos. Tan lejos que no huele, no ensucia la ropa ni interrumpe el café de la mañana. Tan lejos que podemos mirarla como quien observa una tragedia ajena, con una mezcla de horror momentáneo y distancia tranquilizadora. Tan lejos que nos permite seguir con la vida intacta, repitiendo una frase que se ha vuelto el gran calmante moral de nuestra época: mi consumo no importa.

Decimos tener valores. Lo afirmamos con seguridad. Derechos humanos, dignidad, vida, justicia. Palabras grandes, firmes, que suenan bien en conversaciones, columnas, redes sociales. Pero los valores, cuando son reales, incomodan. Exigen renuncias. Obligan a revisar hábitos. Y ahí empieza el problema: nos gustan los valores mientras no interfieran con nuestra comodidad. En cuanto exigen algo concreto —cambiar una marca, dejar un producto, alterar una costumbre— se vuelven negociables, flexibles, reinterpretables.

Nos conmueven las imágenes. Niños palestinos mutilados, cuerpos bajo los escombros, hospitales reducidos a polvo. Nos estremecen, nos indignan, nos hacen sentir “del lado correcto”. Compartimos la foto, escribimos un comentario dolido y seguimos deslizando el dedo. El gesto queda completo. La conciencia, aparentemente, también. Porque después de la indignación viene la rutina: McDonald’s, Starbucks, Coca-Cola, Zara, Adidas, Nestlé. Lo cotidiano siempre gana. Lo cómodo siempre pesa más.

“¿De verdad crees que dejar de comprar una Coca-Cola va a detener una guerra?”. La pregunta aparece rápido, casi automática, como si cerrara cualquier debate. Y claro que no, nadie sostiene semejante simplificación. Nadie cree que una hamburguesa dispara un misil. Lo que se señala es algo mucho más incómodo: las guerras no se sostienen solo con discursos ni con odio, se sostienen con economías, y las economías se alimentan de millones de gestos pequeños, repetidos, normalizados. Exactamente como los nuestros.

El dinero no es neutro. Nunca lo fue. Circula, se invierte, se acumula, financia. Y cuando termina en corporaciones que apoyan, legitiman o se benefician de Estados que ejercen violencia sistemática, ese dinero deja de ser abstracto. Tiene consecuencias. McDonald’s no es solo comida rápida; Starbucks no es solo café; Coca-Cola no es solo una bebida. Son empresas con decisiones políticas, con posicionamientos, con vínculos económicos. Y nosotros elegimos si queremos saberlo o si preferimos no mirar.

Aquí aparece la pregunta que realmente incomoda: ¿tenemos valores o solo opiniones bien formuladas? Porque los valores no se prueban cuando todo es fácil. Se prueban cuando cuestan. Cuando implican perder algo, aunque sea mínimo. Todo lo demás es relato, autoimagen, tranquilidad de conciencia a bajo costo.

El argumento del “aporte insignificante” merece atención. Funciona de manera selectiva. Para causas solidarias entendemos perfectamente la lógica de la suma: pequeñas donaciones multiplicadas por millones construyen hospitales, campañas, fundaciones. Ahí nadie duda. Pero cuando se trata de consumo y guerra, la matemática desaparece. De pronto, ningún acto importa. Una lógica curiosa, útil y profundamente conveniente.

Boicotear no es un gesto extremo ni una pose moral. Es una herramienta básica de coherencia. No es pureza ideológica ni superioridad ética: es negarse a seguir alimentando algo que se dice repudiar. No va a detener una masacre mañana, pero sí rompe la normalidad que la sostiene. Y eso, en un mundo que funciona por inercia, ya es una forma de resistencia.

La ironía no es final ni anecdótica; es estructural. Nos preocupa la palabra complicidad solo cuando adopta formas explícitas, cuando imaginamos al culpable con un arma en la mano o una orden firmada en un escritorio. Pero la complicidad real —la que sostiene sistemas enteros— casi nunca se presenta de manera grotesca ni violenta. Se manifiesta en gestos anodinos, repetidos, socialmente aceptados. Se disfraza de normalidad, de costumbre, de “no es para tanto”. La complicidad contemporánea no necesita ideología ni odio: le basta con la comodidad, la indiferencia y el consumo automático. No grita, no amenaza, no incomoda; sonríe desde un logo, se sirve en un vaso descartable y se paga con tarjeta sin mirar a quién beneficia. Y así, sin sangre en las manos pero con coherencia ausente, aprendemos a convivir con la destrucción mientras preservamos intacta la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Tal vez el problema de fondo no sea solo Palestina, Israel o las marcas. Tal vez el problema real sea que hemos convertido los valores en algo decorativo, en un discurso que se activa cuando conviene y se apaga cuando estorba. Principios que no resisten la prueba del supermercado ni del menú. Y mientras tanto, seguimos llamándonos ciudadanos críticos, personas comprometidas, seres humanos sensibles.

Quizás no puedas detener una guerra. Pero sí puedes decidir no financiarla. No cambiará el mundo de un día para otro, pero cambiará algo más urgente: la coherencia entre lo que dices y lo que haces. Y en tiempos donde todo se justifica, esa coherencia mínima es, paradójicamente, uno de los actos más radicales que aún nos quedan.