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SE RENOVÓ LA PASIÓN POR MI PRIMER AMOR

Por Alejandro Goldín

Después de más de 3 décadas de resignada distancia -que solo acortaba un poco su grandiosa gastronomía- el primer país que conocí de pibe, al que viajé reiteradas veces para visitar a parte de mi familia exiliada en Lima, fue sacudido por un nuevo viento de izquierda cuya llama reanimó emotivos recuerdos infanto-adolescentes.

En febrero de 1975 llegué a Lima por primera vez. El 13 de octubre del año anterior había cumplido 9 años y mi tío Pedro, socio en el estudio jurídico, amigo y cuñado de mi viejo, después de varios meses había sido convencido de que tenía que exiliarse. Especialmente luego de que le llegara la segunda misiva de la Triple A. Iba a tomar el vuelo del 3 de octubre, pero ese mismo día nació su hija menor, mi prima Luciana, y además un terremoto sacudió a Perú.

En el Aeropuerto Jorge Chávez nos esperaban eufóricos mi tía Martha -que pese a tener en sus brazos a Lu se las arreglaba muy bien para abrazarnos- mi primo Pablo y mi tío, que después de recibirnos afectuosamente fue a buscar al “escarabajo” naranja, un Volkswagen muy “gauchito” que le había prestado un amigo. Hasta el día de hoy me pregunto cómo hizo para aguantarnos a las dos familias y nuestro equipaje. Sobre todo teniendo en cuenta que a pesar de las eternas recomendaciones de mi viejo, para mi mamá cada vacación era una mudanza.

Ya era de noche, pero camino a la casa de mis tíos, que vivían en un condominio en un barrio de clase media llamado Miraflores, observé partes de la ciudad que me gustaron: parques y lagos.

Nunca me voy a olvidar de la primera vez que fuimos al centro de la ciudad. Creo que fue al día siguiente de llegar, acompañé a mis viejos a cambiar dólares y me impactó muchísimo ver chicos de mi edad-o aún menores que yo- que deambulaban descalzos y semi desnudos pidiendo limosna. Hay una escena que transcurridos 46 años no me puedo sacar de la cabeza: la de un pibito desarrapado durmiendo acostado sobre dos para-golpes de autos estacionados.

Desde hacía seis años que el General nacionalista de izquierda Juan Velasco Alvarado era presidente de Perú y que gobernaba con un programa revolucionario con el que estaba llevando adelante una importante reforma agraria y nacionalizando industrias. Ya había expropiado empresas en una amplia gama de actividades, desde la minería y las telecomunicaciones hasta la producción de energía para crear una industria nacional fuerte mediante la sustitución de importaciones. Su proyecto estratégico, a largo plazo, denominado peruanismo, había conseguido mejoras, pero la desigualdad, la pobreza y la miseria, sorprendían mucho a un niño porteño de clase media argentina que en 1975 -antes del “Rodrigazo” y de Martínez de Hoz- nunca había visto algo semejante. Ni tampoco vivido un toque de queda como el que tuvo que decretar Velasco Alvarado ante el levantamiento policial y la huelga total de todos los efectivos que dejaron a la ciudad capital absolutamente desguarnecida. Primero fue a partir de las seis de la tarde, luego desde las ocho y finalmente la hora máxima para volver a casa fue las diez de la noche. Todavía me provoca una sonrisa recordar cuando un domingo fuimos todos a una playa en las afueras de Lima y al mediodía nos dirigimos a almorzar a un centro gastronómico repleto de restaurantes populares y en tres oportunidades mis tíos y mis viejos se levantaron de la mesa porque ninguno tenía cerveza. Recién el mozo del cuarto restaurante les dijo que no se podían vender bebidas con alcohol por el Estado de Sitio.

Por las noches se escuchaban disparos, creo que de fusiles y ametralladoras. Muy cerca de la casa de mis tíos había una base naval. Alguna vez me asusté creyendo oír cañonazos; sin embargo, en los diarios e informativos televisivos casi no había noticias sobre los enfrentamientos entre militares y policías.

Volvimos a Lima en invierno de 1976, pero ya no éramos cuatro porque mi viejo había muerto unas semanas antes. Con mis tíos nos abrazamos y lloramos mucho. No habían podido despedirse de su hermano, cuñado, amigo, socio. Viajar a Buenos Aires era exponerse demasiado a las garras del Terrorismo de Estado.

El 29 de agosto de 1975, un Golpe de Estado había puesto fin a la presidencia de Velasco Alvarado. La inflación y el aumento del desempleo provocados por la crisis económica mundial como consecuencia de la crisis del Petróleo de 1974 que triplicó el precio del barril, junto con la complicada situación de salud de Velasco (le habían tenido que amputar unas pierna tras una embolia y en el momento del golpe se encontraba convaleciente en la residencia de invierno presidencial en Chaclacayo, a 20 kilómetros al este de Lima), fueron la excusa para que varios comandantes militares iniciaran un golpe de Estado en la sureña ciudad de Tacna. Aunque el crecimiento económico entre 1968 y 1975 fue constante -3.2% anual-, los golpistas declararon que Velasco Alvarado no había logrado la mayor parte de lo que había representado la "Revolución Peruana".

Hay tres cosas que recuerdo de esos tristes días limeños. En primer lugar, nuevamente el toque de queda, aunque esta vez impuesto por la dictadura militar, así que no se podía salir después de las diez de la noche. En segundo, los partidos de fútbol callejeros junto a los hermanos Alfredo y Pablo, hijos del “Gordo Guevara” y Angélica Escayola, una pareja de exiliados mendocinos amigos de mis tíos que vivían enfrente. Por último, algunas noches que en soledad miraba por TV los Juegos Olímpicos de Montreal en la que ni siquiera la extraordinaria rumana Nadia Comaneci, volando increíblemente de una barra paralela a otra, lograba que olvidara la ausencia de mi viejo.

El 20 febrero de 1977 llegamos a Lima provenientes de México, donde habíamos ido a visitar a otra parte de la familia que se había tenido que exiliar. Los reencuentros eran muy intensos y emotivos, pero no solo asomaba la alegría, también aparecía mi viejo, haciéndose presente en charlas y recuerdos. El 27, día del cumpleaños de mi hermana, lo festejamos comiendo anticuchos en un lugar muy popular cercano al Estadio de Alianza. Como solo vendían cerveza e Inca Cola, y la gaseosa peruana no nos gustaba, fuimos munidos con una botella grande de Coca Cola. Apenas un par de días después tomamos el vuelo de Aero Perú que luego de una escala en Santiago nos llevaría a Buenos Aires. Coincidimos en el vuelo con la selección de Perú que viajaba a Chile a jugar un partido clave para clasificar al Mundial 78. Me incomodó que varias de sus principales estrellas piropearán a mi mamá.

 

Nuestra visita de 1978 coincidió con la del genocida Videla al dictador Francisco Morales Bermúdez. Mi tío Pedro fue advertido de que era riesgoso que permaneciera en Lima porque gracias al Plan Cóndor, patotas de militares argentinos podían actuar con total libertad en Perú. Por ese motivo nos fuimos durante varios días a una hostería en un balneario cercano a la capital incaica llamado San Bartolo.

En 1982 estuvimos en Lima por última vez. Yo ya militaba en la FEDE y mi tío me llevó a un acto de la Central General de Trabajadores de Perú. Grande fue mi sorpresa cuando todas las banderas que flameaban eran rojas. Había siglas diferentes, pero todas eran rojas. Ya se había constituido la Izquierda Unida, una coalición de organización revolucionarias marxistas, leninistas y mariateguistas integrada entre otros por el Partido Comunista y liderada por Alfonso Barrantes. Aunque no todo era política en mi vida limeña, también fuimos a la cancha a alentar a Alianza Lima que jugaba de local su clásico contra Universitario. Alianza era el equipo popular, del Perú mestizo e incluso tenía varios jugadores afro, en cambio Universitario, como no podía ser de otra manera, era el “cheto”, el blanco. En ese viaje me enamoré de la comida peruana, no solo de los anticuchos. Sumé a mis gustos al ají de gallina, el ceviche, la papa a la huancaína. Ya tenía 15 años y, con dificultades, comenzaba a crecer y a adquirir otros intereses, como la lectura. Mi vieja me llevó a una librería y me regaló “La lucha sexual de los jóvenes”, un libro del médico, psiquiatra y psicoanalista judío comunista austriaco, Wilhelm Reich, que fue perseguido por los nazis.

Ese mismo año, el 30 de marzo, fue mi debut: el día del paro de la Central General de Trabajadores (CGT) participé junto a otrxs camaradas de mi célula (todos de apenas 15 años) de la marcha central, que no llegó a concretarse porque fue duramente reprimida. La policía asesinó a uno de los manifestantes. Y a los dos días nos enteramos de que habíamos recuperado las Islas Malvinas. La dictadura agonizaba envuelta en una crisis terminal y Galtieri dio un manotazo de ahogado para intentar perpetuarse en el poder. Ingenua y torpemente creyó que Estados Unidos se mantendría neutral o incluso lo apoyaría, pero obviamente ocurrió todo lo contrario y acompañó firmemente a su aliado histórico y estratégico: Gran Bretaña. Argentina recibió la solidaridad de la Unión Soviética, todo el bloque de países del este europeo y, especialmente de Cuba, Venezuela y Perú. Mi vínculo con Perú se profundizó y se intensificó aún más mi amor.

 

A finales del 83 festejé mucho el triunfo electoral de la izquierda Unida en la elección por la alcaldía de Lima llevando como candidato al gran intelectual Alfonso Barrantes. En diciembre de 1986 regresaron del exilio mis tíxs y primxs. Mi tía Martha no paraba de hablarme maravillas de Barrantes y su gestión. Especialmente recuerdo que me hablaba mucho de la copa de leche que se repartía en todas las escuelas de la capital peruana.

En 1990, mientras hacía la Escuela de Formación de Cuadros del Komsomol Leninista en Moscú, el 9 de abril, en una formal reunión bilateral, los camaradas de la Juventud Comunista de Perú nos contaron que  habían recibido la noticia de que en la elección presidencial del día anterior había pasado a la segunda vuelta el “escribidor” converso Mario Vargas Llosa. Ese escenario era inimaginable hacía unos años en los que la disputa era entre la histórica Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) -fundado por Haya de la Torre- y la Izquierda Unida. Sin embargo, como consecuencia de la grave crisis económica y política dejada por el gobierno de Alan García, la división de la izquierda que dejó de estar unida y también su desprestigio por el cruento y cruel accionar del grupo polpotiano Sendero Luminoso (con el que no solo NO tenía nada que ver sino que amenazaba y perseguía a sus dirigentes) emergieron dos outsider de derecha (¿o extrema derecha?).

En esa estadía, el 11 de junio, nuestros camaradas peruanos nos informaban que Fujimori había derrotado ampliamente a Vargas Llosa y que era el presidente electo de Perú.

Como para toda Sudamérica, la década del 90 fue trágica para Perú. La caída del Muro no solo cayó en Berlín y “El fin de la Historia y de las ideologías”, la desaparición de la Unión Soviética y el nuevo mundo unipolar repercutió de manera inmediata en la región, pero al neoliberalismo Fujimori le sumó auto golpe y Terrorismo de Estado. A fines del año 2000, tras diversos escándalos de corrupción de funcionarios ligados a su gestión y graves denuncias por violaciones a los Derechos Humanos -e incluso por delitos de Lesa Humanidad-, Fujimori viajó del Perú hacia Brunéi para asistir a la cumbre anual de la APEC(Asia-Pacífico Cooperación Económica) y posteriormente a Japón. Desde allí dimitió vía fax al cargo, lo cual no fue aceptado y el Congreso decidió declarar su incapacidad moral y la vacancia de la Presidencia. No obstante, a diferencia de varios países de Sudamérica, la ola emancipatoria de principios del siglo XXI, no llegó a Perú y, por el contrario, continuó durante los últimos 20 años con políticas neoliberales. Su Producto Bruto Interno creció como consecuencia del aumento de los precios de los minerales, pero el derrame -como siempre- nunca apareció y en cambio se incrementó la desigualdad. Los últimos años también tuvieron otra constante: la inestabilidad política y las reiteradas renuncias o destituciones de presidentes por casos de corrupción vinculadas a la causa por coimas de Oderbrecht. Uno de los que fue condenado y se suicidó cuando estaba por ser apresado fue Alan García, presidente entre 1985 y 1990 y 2006 y 2011. En su primer Gobierno intentó un camino diferente al que el Fondo Monetario Internacional había diseñado para Latinoamérica, pero en el segundo, aplicó políticas económicas ortodoxas, degradando su historia y la de su partido, parecido a lo hecho por Carlos Saúl Menem.

En los últimos cuatro años, Perú contabilizó cuatro mandatarios en un mismo periodo presidencial: Pedro Pablo Kuczynski (2016-2018), Martín Vizcarra (2018-2020), Manuel Merino -quien solo duró cinco días en el cargo, entre el 10 y 15 de noviembre de 2020 renunciando antes las protestas en su contra- y el actual Jefe de Estado Francisco Sagasti.

Mi último y hermoso viaje a Perú fue durante los primeros días de junio de este año. Al llegar a Lima la encontré muy diferente. Algunos barrios, como San Isidro y Miraflores, están realmente hermosos. Se ven nuevos edificios modernos y muy lindos y en algunas zonas residenciales, mansiones impresionantes. También vi algunos grandes centros comerciales, uno de ellos con patio de comida sobre el mar, realmente impactantes, similares a los de las ciudades del “Primer Mundo”. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que, tanto el taxista que me trasladó desde el aeropuerto al hotel como el gerente del mismo, pasando por la guía de turismo y la empleada del local donde compré pisco, me hablaron pestes de Castillo, repletxs de odio y también de miedo al comunismo. En cambio, cuando fui a la hermosa ciudad de Cuzco por unos días, antes de seguir rumbo al increíble Machu Pichu, el apoyo, adhesión, simpatía e incluso entusiasmo que despertaba el candidato de la fuerza de izquierda Perú Libre me hacían pensar que estaba en otro país. Y al llegar a Chota, la ciudad de la que es oriundo y donde reside Castillo, confirmé que se trataba de una realidad que poco o nada tenía que ver con la de algunos barrios acomodados de Lima, una ciudad que es muy heterogénea, más que la Ciudad de Buenos Aires y también mucho más desigual. El domingo acompañé a Pedro a votar y nos demoramos más de media hora en caminar unos pocos metros. Los primeros votos escrutados nos dieron 6 puntos abajo, pero en el bunker había mucha tranquilidad y optimismo porque los votos de la izquierda mayoritariamente vendrían de zonas rurales, serranas y selváticas que demoran más en llegar y cargarse. Pensé que nos esperaría una larga madrugada, pero nada me importó al ver que la distancia se acortaba a medida que se incrementaba el porcentaje de sufragios computados. Matizaba la espera comiendo ceviche, tomando pisco e intentando ver cuál era la tendencia exacta (si es que había una) y haciendo cálculos. Incluso llegué a adelantar que ganaría (ganaríamos) por 110 mil votos. El resultado final recién estuvo el martes 15 de junio con el triunfo por 44 mil votos de Pedro sobre Fujimori, pero ya unos días antes se sabía que su victoria era irreversible y a manera de apoyo y para enfrentar el fraude en marcha, el presidente Alberto Fernández y los ex presidentes Evo Morales, Lula da Silva y Rafael Correa, saludaron al presidente electo.

Mientras escribo estas líneas sin que el candidato de la izquierda aún haya sido formal y legalmente consagrado en su cargo, pero seguro de que así será, pese a la oligarquía peruana y al Departamento de Estado, confirmo que en Perú coexisten dos países y que después de décadas ganó el mestizo, el oprimido, el postergado. Le llegó la hora a los condenados de la Tierra. Decir que no será fácil es una perogrullada y además nunca nada fue fácil para el subsuelo de la Patria sublevada.

 ACLARACIÓN: mi último y hermoso viaje fue, lamentablemente, imaginario -pero muy sentido igual-.