Imprimir
Visto: 595

 

I.- La resistencia y la Revolución Cubana

-¿Cómo fue tu niñez?, imaginamos que fuertemente marcada por la etapa de la resistencia…

-Así es, crecí en al seno de una familia peronista de las tantas que hicieron la resistencia. En la zona rural de San Isidro, donde vivíamos, no había escuelas y aunque no se pueda creer había quintas de producción de verduras y floricultores, tambos y paisanos de a caballo y todo se transportaba en carros. La nafta de la época era la alfalfa: cuando veíamos un auto salíamos todos los pibes a mirar como si fuese un plato volador. Mi viejo previendo futuros quilombos puso a mis hermanas en un colegio privado donde estaban toda la semana y salían los sábados. Cuando cumplí 6 años yo también fui a parar a ese internado. Después, debe haber sido durante el año 1961 o a principios de 1962, el gobierno de Posse -el intendente de San Isidro, padre del actual- puso una escuela rural y se obligó a los quinteros a abrir las calles entre las quintas y hacer loteos. En pocos años se perdió ese espacio semi-rural.

Cuando la situación política se ponía espesa para los peronistas o los milicos gorilas apretaban y condicionaban a la democracia devaluada de Frondizi y los desarrollistas -que no tenía el apoyo de los obreros industriales-, mi vieja se ponía triste y caía en una depresión que la dejaba sin habla por semanas, algunas veces había que hospitalizarla. Siendo más grande una vez me explicó que cuando estuvo internada después del 55 le pusieron chaleco de fuerza y muchas veces le aplicaron electro-shock: eso la aterrorizaba. Mi viejo andaba a salto de mata como gaucho matrero y cambiando de laburo cuando la represión se ponía espesa. Entre las internaciones de mi vieja y la militancia de mi viejo más de una vez fui a parar a la casa de alguna tía de mi mamá: a una de ellas la quería mucho, tenía un hijo que trabajaba de sodero que me llevaban a pasear en la chata de dos caballos cuando terminaba el reparto. Éste muchacho tenía los brazos y el pecho cruzados por las cicatrices que le habían quedado de las heridas que sufrió en el bombardeo del 55, cuando estaba haciendo la colimba en el cuartel de la calle Estomba, en la zona de Chacarita.

Cuando había elecciones, los compañeros traían en moto los paquetes de boletas: mi vieja los guardaba en el ropero y mi viejo los repartía los domingos, llevándome de ropa (como cobertura, para disimular). Íbamos a las casas de los compañeros que serían fiscales de mesa y se hablaba de las directivas que bajaba el comando superior. Era chico, pero algo entendía: la familiarización con el lenguaje hogareño me permitía intuir acerca de lo que se conversaba.

El Patronato Español, la escuela en la que estábamos pupilos, era bancado por el estado español: recuerdo que se festejaban los cumpleaños de Franco y nos enseñaban música con el himno de la Falange Española. El Patronato era una cueva falangista donde nos hacían ir a misa antes del desayuno, aunque fuera invierno y nos meáramos de frío. Los castigos individuales eran arrodillarse sobre granos de maíz y los grupales eran postrarnos en el piso y golpearnos la espalda con un palo de escoba. Una vez, circulando por un pasillo, ví como una monja le metía la cabeza a mi hermana en un balde de agua porque con 9 años se negaba a trapear el piso: salí de la fila y le pegué un puntinazo en el tobillo a la monja Florita… la dejé bailando una Sardana, pero a raíz de la paliza que me dieron las monjas terminé internado tres días con fiebre en el Hospital del Colegio.

Había hijos de alemanes refugiados y de peronistas con problemas como mi viejo, también algún que otro hijo de fascistas italianos. Una belleza de educación primaria. Mi viejo nos retiraba sábado por medio, porque el fin de semana restante iba a verla a mamá que estaba nuevamente internada en el Hospital Neuro-psiquiátrico. Cuando salíamos viajábamos en tranvía hasta puente Saavedra desde donde continuábamos en colectivo. En octubre se curó mi mamá y nos anotó en la escuelita rural que se había inaugurado ese año en el tambo de Don Santos. En diciembre nos sacó del Patronato: durante un tiempo tuve pesadillas recurrentes en las que soñaba que volvía a ese lugar.

A poco de comenzar en la nueva escuela nos enseñaron el Himno a Sarmiento. Un día vuelvo cantándolo a mi casa y me escucha mi bisabuela, que estaba tomando mate con mi vieja en el patio: ahí nomás me tiró una frase que me paró de frente a la historia: "…si ése viviera, te agarra y te mata", colocándome como víctima propicia del sanguinario Sarmiento.

Mi bisabuela Francisca tenía una casaquinta al final de Las Lomas, justo donde ahora pasa la Panamericana: era la última casa y de ella hacia el oeste sólo se veía campo. No estaba el golf de Boulogne, ni el cuartel de la policía montada. Jugábamos a las escondidas entre los inmensos eucaliptos, porque siempre había otros bisnietos de visita. No faltaba algún tío o primo de mi mamá, que en algún asado se ponía alegre y se mandaba un "viva Perón carajo": por el revuelo que se armaba y la reprimenda que se comía, yo comprendía que eso estaba prohibido. Algunas veces íbamos con mi viejo hasta el cementerio de Boulogne, que estaba muy cerca de la quinta de la bisabuela, a llevar flores a las tumbas de Carranza y Gariboti, dos compañeros del barrio ferroviario de Boulogne fusilados en los basurales de León Suárez. Recorrí muchos lugares junto a mi viejo visitando compañeros: El Talar, Virreyes, San Fernando, Torcuato, San Martín.

Recuerdo particularmente las fiestas de jineteadas que se aprovechaban para hacer reuniones a las que asistían compañeros de distintos lugares y grupos. Detrás de la estación La Salada, había un puente ferroviario de madera sobre el Riachuelo, que tenía dos hileras de tablones sobre los durmientes que sostenían las vías, que permitían que fuera utilizado por autos. Se dejaban tablones flojos para que un compañero que simulaba pescar en el puente pudiera tirarlos al río al ver aparecer el jeep de la policía por el camino costero desde Puente La Noria. En ese lugar había siempre un grupo de caballos preparados para salir de raje hacia Villa Madero cruzando un campo de pajonales y lagunas. Recuerdo también un stud del Bajo Belgrano donde los compañeros se juntaban a comer asados: muchos llevaban "no me olvides" en el ojal de la solapa (*1). En un bar de Virreyes algunas veces se hacían reuniones de mayor nivel: se cerraba el bar y los compañeros de seguridad ocupaban algunas mesas mientras los que venían a dar informes o recibir instrucciones rotaban en la mesa de los jefes. Yo mientras tanto, me entretenía con el metegol.

Perón mandó formar la Central de Operaciones de la Resistencia (COR) para coordinar las acciones de los comandos de la resistencia y las organizaciones sindicales. En el COR estaban los militares que había sido rajados del ejército por "fusiladora" y los sindicalistas de distintos gremios que le respondían directamente a Perón, como la UOM. La juventud peronista en aquel momento se organizó como una constelación de pequeños grupos en torno a los comandos de la resistencia: compañeros como el “petiso” Rulli y los hermanos Rearte fueron dirigentes de ésta experiencia. Se dice que buscando a Rulli se lo llevan a Felipe Vallese. Ya en la década del 60 surge el Movimiento Nacionalista Tacuara que siempre estaba en las noticias por las trifulcas que armaban sus militantes agarrándose a trompadas con los pibes del secundario que defendían la enseñanza laica. Los Tacuaras eran sostenidos por sectores de la Iglesia Católica y se decía que también por los servicios del ejército. Los pibes que defendían la enseñanza laica eran socialistas como Ikonicoff, de la UCRI, también comunistas que luego formarían las Fuerzas Armadas de Liberación. Según mi viejo eran todos hijos de "cajetillas". Lo más duro de la represión caía sobre los jóvenes peronistas: el plan CONINTES se aplicaba con rigor y los que caían en cana eran llevados a La Pampa, donde estaban presos tipos como Andrés Framini y otros compañeros del Consejo Superior del Movimiento. Uno de los presos más jóvenes era el Ñato Iglesias, que solía contarme que cuando quisieron armar, junto a otros presos jóvenes presos, ámbitos de estudio y formación aprovechando la experiencia de los más viejos, éstos los chicaneaban diciéndoles: "sí quieren aprender de peronismo, lo primero que tienen que hacer es laburar". También había comunistas presos, como Enrique el primo de mi vieja, pero separados en otros pabellones. Esa primer camada de jóvenes peronistas se fue mezclando con los Tacuara menos gorilas y de allí salió el MNR Tacuara donde estaban Alba Castillo, Papucho Viera y José Luís Nell entre otros. Después de la acción del Policlínico Bancario algunos se rajaron a Uruguay y se vincularon a los grupos que más adelante serían la base de los Tupamaros.

En esa etapa, las discusiones políticas entre mis viejos eran frecuentes y a veces profundas, sobre todo cuando giraban en torno a Evita. Mi vieja decía que la Revolución peronista había terminado en el Cabildo Abierto cuándo Perón no dejó que Evita fuera candidata a vicepresidente: “por misógino igual que todos los milicos” agregaba mamá. Mi viejo le respondía que Evita ya estaba muy enferma y que no iba a poder aguantar el esfuerzo. A veces hablaban de la revolución argelina o de la esperanza, siempre frustada, puesta en la aparición de militares nacionalistas en América Latina inspirados en la experiencia de Nasser en Egipto y su potencial como ejemplo para países del tercer mundo (*2). Mis viejos adquirieron su formación en el sindicalismo pre  45 y los conceptos que manejaban en sus discusiones políticas domésticas eran los del materialismo histórico, lucha de clases, clase trabajadora, clase obrera, conciencia de clase medida en organización, sindicato, organización de cuadros, frente popular y alianza de clases. Mucho más marxismo que comunidad organizada y filosofía justicialista.

En la primera mitad de los 60, ví pasar por los diarios y la radio la crisis de los misiles en Cuba mientras mi viejo nos adoctrinaba los domingos, después del almuerzo, diciéndole a mi hermana mayor que trajera el canasto de la fruta: "mostrale a tus hermanitos hasta donde se llenaba el canasto de la fruta en la época de Perón", "hasta acá papá " respondía mi hermana sobrepasando el borde del canasto que en ese momento escasamente llegaba a la mitad. Pasó la época de Alsogaray y sus famosas frases: "hay que ajustarse el cinturón" y "hay que pasar el invierno, mientras mendigábamos en los almacenes  para que aceptarán los "Bonos del Empréstito 9 de Julio" con el que le pagaban el sueldo a mí papá      -el almacenero, aprendiz de usurero, nos descontaba el 30% de su valor nominal-. Terminó Frondizi entre los zapateos de las botas del general Carlos Severo Toranzo Montero, que por salvar la patria nos dejó un agujero. El interinato de Guido pasó entre idas con mi padre al Congreso a llevar algunas cartas a diputados neo-peronistas. Mi viejo era un buzón que caminaba bajo un sobretodo negro. A veces llevaba enrollado en el forro del sobretodo unos disquitos blancos de un material que parecía látex y se podía hacer finito como un cigarro de caja. Eran "Instrucciones a Las Bases" que Perón mandaba a los compañeros. Cuando el lío entre milicos azules y colorados, estuve unos días en la casa  de mi abuela Paula en Parque Avellaneda. Los militares tenían un puesto de artillería antiaérea, supongo que en custodia del tanque de gas que estaba cruzando la Avenida Perito Moreno. Los colimbas venían al baño de la casa y como agradecimiento me dejaban subirme al cañón antiaéreo y jugar.

Después del triunfo de la revolución Argelina mis viejos hablaban de los compañeros que iban a viajar a Argelia para prepararse para el regresó de Perón. En la escuela, una maestra nos enseñaba historia contándonos que por el Camino del Fondo de La Legua habían pasado Liniers y Belgrano junto a Artigas, para recuperar Buenos Aires durante las invasiones inglesas. Ese camino, que era una huella de carros entre dos inmensos zanjones, lo transitábamos algunas veces con mi mamá y mis hermanas para ir hasta la quinta de mi bisabuela Francisca en Las Lomas.

Algún verano viajamos en tren a Corrientes cruzando en el ferry, que era un barco enorme con capacidad para cargar un tren de pasajeros o carga. Íbamos a ver a los hermanos de mi papá y también visitar compañeros que hacían de correo con otros que estaban en San Pablo. Recuerdo que se hablaba del apoyo de “Los Farrapos”, una milicia Riograndense, en caso de que Perón volviese. Cuando vino De Gaulle hubo mucho alboroto y recuerdo que un domingo salimos de la cancha de San Lorenzo en avenida La Plata cantando con parte de la hinchada “Degol Perón un sólo corazón” y la carga de la policía montada nos dispersó a sablazos.

Un día mi viejo se empilcho con sobretodo y chambergo, agarró el 38 que guardaba en la caja del sombrero y me llevó agarrado de la mano hasta la esquina, donde lo esperaba un auto negro con varios compañeros adentro. Me dio un beso en la frente para despedirse, un lagrimón le caía por la mejilla. Algunos vecinos miraban desde sus casas y saludaban con la mano al pasar. Era el día de la vuelta de Perón, el día del "avión negro". Los radicales de Illia lograron parar el avión en Brasil y regresarlo a Madrid. Se habló mucho esos días de la traición de Vandor, que era el Secretario General de la UOM: éste sindicato era el eje de una posible huelga y movilización que nunca se produjo. Á pesar del democratismo lavado del radicalismo de Ilia, los milicos no se bancaron el Plan de Lucha de la CGT y menos la venida de Isabel Perón para apoyar a los anti-vandoristas en las elecciones de Mendoza -la seguridad de Isabel estuvo integrada por dos grupos, uno del COR al mando de Juan Esker y otro de la JP al mando de Dardo Cabo-. Así se produjo el golpe de Ongania, líder de los militares azules (supuestamente no-gorilas) contra el gobierno radical. Del golpe me quedo como saldo el recuerdo de la digna posición asumida por el diputado Raúl Alfonsin, líder de los jóvenes radicales de la provincia de Buenos Aires. Ongania prohibió todos los partidos y uno de los comentarios que se daban entre los compañeros, medio en broma medio en serio, era: "ahora estamos todos igualmente prohibidos"

Tras el golpe de estado de 1966, Perón dijo que había que "desensillar hasta que aclare". Ésta posición del General junto a la de una parte del sindicalismo, que tenía una mirada complaciente del gobierno militar, determinó que mi viejo dejara la militancia hasta el 1976. Yo era chico, pero sabía que Vandor era un aliado de Ongania y cuando éste puso a Krieger Vasena en Economía le dije a mi viejo que nada bueno podía venir de un tipo que tenía un apellido manchado con sangre de obreros. Recuerdo que también vino Felipe de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II de Inglaterra: ésto fue para mí la prueba de que Onganía no era nacionalista como muchos creían. Dardo Cabo me confirmó años después qué una de las razones del operativo Cóndor fue desenmascarar el supuesto nacionalismo de Ongania.

Las lecturas de los diarios que compraba mi viejo, Mayoría o La Época, acompañaban mi formación ideológica primera e incipiente reforzada por las consignas que mis viejos repetían ante cada circunstancia doméstica o histórica que vivíamos. "Primero la patria, después el movimiento y por último los hombres" era una regla con que debíamos orientar nuestra vida. Mi vieja aportaba también consignas del Artiguismo que pervivieron en la familia de mi bisabuela Francisca Solís: "la Tierra es para el que la trabaja" explicaba las diferencias entre mi bisabuela y su propia hija, mi abuela Paula. Yo vi a mi bisabuela dejar que se armara una Villa en los bajos de su propia quinta en Las Lomas. "Es gente buena que necesita un lugar para vivir" me dijo un día que le pregunté porque estaba esa gente allí. "Con la verdad no ofendo ni temo" era un lema que mi vieja sostenía como regla de conducta para seguir.

Mi militancia nunca se cruzó con la de mi viejo, cuando comenzó mi experiencia militante orgánica ya no vivíamos juntos. Él se dedicó a trabajar y mejorar su situación económica, puede que anhelará vivir un tiempo sin sobresaltos o tal vez influyó su nueva pareja… no lo sé, nunca se lo pregunté. Lo veía poco y mi adolescencia no congeniaba con sus anhelos: quería que estudie ingeniería y yo quería ser abogado. La separación mejoró la salud de mi vieja, porque el regresó de Perón era un sueño lejano y no había peligro para la familia.

-En el 59 triunfa la revolución cubana y los barbudos victoriosos entran en La Habana, ¿recordás si tus viejos hablaban de la revolución y qué posición tenían frente a la misma?, ¿pensás que la revolución cubana fue incorporada por la juventud argentina como un ejemplo a seguir?

-Durante los años de proscripción del peronismo y de la resistencia, cuando no se participaba en las elecciones, aparecían las discusiones entre mis viejos porque mi mamá era partidaria del "voto útil" y mi viejo de la “línea dura”. Recuerdo que una vez, yendo a comprar con mamá a un mercado en la zona de Palermo -donde trabajaba en la casa de unos viejos exiliados españoles y republicanos-, ella se puso a charlar con Alfredo Palacios -el líder socialista- que bajaba de un tranvía. Cuando volvimos a casa le comenta a mi viejo la charla que habían tenido sobre la revolución cubana y mi viejo se pone verde porque odiaba a los socialistas, los tildaba de amarillos y gorilas oportunistas. Mi viejo decía que Fidel era Nacionalista Revolucionario, que había sido de la Confederación de Estudiantes Latinoamericanos que impulsaba Perón y había sido agente del peronismo en Centroamérica. Años después comprobé que lo qué decía mi viejo era cierto: el Ñato Iglesias había sido periodista y compañero de "Pajarito" García Lupo, fundador de la Agencia Cubana de Noticias junto a Rodolfo Walsh y contaba que “Pajarito” le había confiado historias muy parecidas a las que yo le escuché a mi viejo sobre el pasado peronista de Fidel y la invitación de Perón a Jorge Eliécer Gaitán (líder nacionalista colombiano, miembro del Partido Liberal) para presidir un Congreso de Jóvenes Latinoamericanos que se realizaría en Buenos Aires. Aparentemente Fidel llevaba una carta de Perón para Gaitán que no pudo ser entregada ya que dos horas antes de la entrevista, éste fue asesinado por un sicario, hecho desencadenante del levantamiento popular que se conoce como en el “Bogotazo".

Los recuerdos suelen venir deshilachados como una tela vieja de donde caen mezcladas la urdimbre y la trama. A veces pienso que la sinapsis neuronal necesita el impulso de alguna imagen para traer recuerdos que duermen desapercibidos como libros viejos en un armario o biblioteca. En estos días en que se cumplió un nuevo aniversario del asesinato del Che en Bolivia, me vino a la memoria que, estando internado en el Patronato Español, una noche en la que no podía dormirme por el ruido de los tranvías y las luces de la avenida Federico Lacroze, escuché gritar por primera vez "viva el Che Guevara", aplausos y luego pitidos y el efímero ruido de corridas…sonidos que en el recuerdo aparecen fundidos a las sombras de las rejas proyectadas contra los altos techos del dormitorio del Patronato ubicado en la esquina de Conesa y Federido Lacroze.

Un par de años después, debía tener 8, una mañana de domingo estaba desarmando un cajón de manzanas donde guardaba mis juguetes y mi viejo me preguntó qué estaba haciendo: le respondí que estaba por hacer un cajón de lustrar zapatos porque quería juntar plata para comprarle una casa a mí mamá, no era lindo que viviéramos alquilando. Mi viejo era de pocas pulgas, se enojó mucho y me hizo una arenga: “después de Perón y Evita los hijos de los obreros no deberían lustrar nunca más los zapatos de los ricos”. Acto seguido me contó la siguiente anécdota: el Ché y Camilo Cienfuegos caminaban por las calles de La Habana pocos días después del triunfo de la revolución, cuando un pibe ofrece lustrarles las botas, eso puso furioso al Che que rompió cajoncito de lustrar del niño mientras le decía a Camilo: "no hicimos la revolución para esto, nunca más un niño cubano tiene que tener la necesidad de lustrar zapatos en la calle”. Me quedé callado y pensé que ése Che Guevara debía ser tan bestia como papá. No sé de dónde sacó mi viejo la anécdota ni si tiene visos de realidad pero yo la di por tan cierta que me malquiste con esa cosa que llamaban "Revolución Cubana". Años después y siendo todavía un niño, me reconcilie con Cuba y su revolución cuando ví una foto de Camilo Cienfuegos con un sombrero campesino y pensé: “alguien que usa un sombrero campesino como ese no puede ser mala persona aunque sea comunista”. Papá decía que Camilo era del M26 y los del M26 eran nacionalistas revolucionarios como nosotros, incluyéndome a mí, que no era nada todavía. Otra vez, mientras mi viejo escuchaba los disquitos con las instrucciones de Perón en un tocadiscos, reprodujo para mí una canción de Carlos Puebla que decía: "La revolución triunfante con su ideal diferente / vá despertando en la gente su amor por el semejante /ay cubano, su amor por el semejante"…"y el pueblo, cuidando al pueblo, vestido miliciano/ay cubano, vestido de miliciano". Esa canción hizo que definitivamente la revolución cubana ganara mi corazón.

-En setiembre de 1966 se desarrolló el Operativo Cóndor: sabemos que tu posterior relación con Dardo Cabo –jefe del operativo- debe haberte aportado una visión más “histórica” del hecho político pero, ¿te quedaron registros en la memoria del momento en que se produjo el operativo teniendo vos apenas 11 años?

Los recuerdos del Operativo Cóndor me vienen a la mente como reflejo de las conversaciones de las que fui testigo entre el Ñato y Dardo, al reencontrarse en la cárcel de Villa Devoto a fines del 75. Primero estaba yo sólo en esa celda y luego trajeron al Ñato. Estábamos encerrados las 24 horas, con media hora de recreo a la semana en la que hacíamos orden cerrado bajo la batuta de Julio Urien. El oficial de penitenciarios era un gordito bonachón y buen peronista, nos dejaba hacer y así fue que por pedido del delegado del pabellón trajeron a Dardo y allí se reencontraron después de muchos años el Ñato y Dardo y se pusieron a repasar lo del Operativo. El Ñato había militado en el MNR Tacuara y a mediados de los 60 estaban transitando un proceso de confluencia con el grupo Nueva Argentina que dirigía Dardo. La idea de Dardo fue juntar diferentes grupos de la JP para que el Operativo fuese lo más representativo posible. Esa era una característica que lo distinguía en la conducción: te hacia participar sin distinción de niveles de encuadramiento, tenía ojo clínico para intuir lo que podían dar los compañeros, supongo que esa capacidad estaba relacionada con esa manera tan peronista que tenía en el trato diario, generaba una corriente de confianza inmediata. Era un gran comandante, para mí el mejor, a pesar de que también estaba con nosotros el Rufino Pirles, que tenía mayor nivel en la organización pero era poco comunicativo. Entre los compañeros que juntó Dardo, había un grupo de estudiantes de un industrial de Villa Adelina donde estaban los hermanos Salcedo, de la JP de Bancarios, estaban también Andrés Castillo y el Ñato -que no fue en el Avión por alguna razón vinculada a sus estudios universitarios-. Lo reemplazó, a último momento, el Ciego Giovenco que -según contaba Dardo- fue incluido por su temeridad en las acciones de riesgo a pesar de que siempre era sospechado de servicio. El Ñato contaba que el padre del Ciego había sido comando Civil de la Libertadora y eso lo hacía particularmente sospechoso. Cuándo vuelven de Malvinas quedan detenidos en Ushuaia, van largando a la mayoría, Dardo es el último en salir después de un par de años. Había un entramado de relaciones entre Cao Saravia y Dardo. Cao, hombre de Jorge Antonio, lo relacionó con Ricardo García y Fiztgerald -el piloto de Crónica- es el que le dá el Rumbo 101 para ir a Malvinas. No hay que olvidarse que García “casualmente” iba en ese viaje

El relato de los protagonistas tapó un poco la vivencia en primera persona, que la tuve: seguí el desarrollo del Operativo por las noticias de diarios y radios y de hecho, una vez finalizada la acción decidí que algún día iba a ser militante de una Orga. Era una fantasía de pibe, como si hubiese querido ser bombero, médico o abogado. El desarrollo del Operativo reforzó en mí un proceso de toma de conciencia que había empezado con la lectura de la biografía de Rosas escrita por Gálvez –el libro me lo había regalado mi viejo- y la simpatía que me generaba todo lo que impulsaba el Instituto Juan Manuel de Rosas.

II.- Se vienen los 70: del Cordobazo a la fuga de Trelew (*3)

-¿Cómo fueron tus inicios militantes?

Cuando terminé la escuela primaria empecé a trabajar, sólo para llevarle la contra a mi viejo que quería que fuese al colegio industrial Otto Krause mientras yo quería hacer el bachillerato común. Mi primer trabajo fue en una cartonería que fabricaba cajas de zapatos y quedaba en Florida Norte. Allí conocí a un compañero que se llamaba José y militaba en la JP Florida ligada a los hermanos Lizaso, que ya eran una leyenda en el peronismo. No aguanté las cabronadas del dueño de la cartonería y terminé renunciando al poco tiempo.

Un día cuando iba a trabajar a la cartonería me topé con un piquete de compañeros y compañeras textiles que repartían volantes por un conflicto en la fábrica de medias Modecraft, eso era aproximadamente septiembre del 68. En el horario del almuerzo lo charlé con José y la charla dio para que me invitará a sumarme a su grupo, pero Vicente López me quedaba lejos, yo vivía con mi vieja en Villa Adelina, San Isidro. Durante el tiempo que fuimos compañeros de laburo, José me fue contando como se armaban los núcleos militantes de la JP, juntando amigos del barrio y charlando sobre las cosas que nos pasaban. De los pibes que participaban se elegía a los más comprometidos y se armaba una salida en carpa a “cazar”: durante la salida se tiraba la idea de armar un comando de la JP y si los compas picaban, ya estaba el núcleo –ésta metodología la copiamos de los grupos juveniles católicos, muchos de los cuales terminaron engrosando las filas de la Juventud Peronista-. “Es fácil” pensé en ese momento. Le pregunté a mi viejo cómo había sido la organización de la resistencia y me contestó con una frase de Malcolm X: "los que saben no hablan y los que hablan no saben". Decidí seguir su consejo y no contarle nada. A mi vieja tampoco le conté para que no sufriese por algo que era sólo un proyecto. Poco antes del Cordobazo, ya tenía mi primer núcleo casi armado pero todavía no habíamos cumplido con el rito de la salida en carpa: no teníamos carpa, no teníamos mochila, sólo las ganas, un farol, un machete y una escopeta Winchester defectuosa que uno de los cumpas logró rescatar de la casa de su abuelo. Cuando se produjo el Cordobazo, la misma tarde del 29 de mayo, decidimos arrancar para Córdoba al enterarnos que un tren de Tucumán había salido de Tafí Viejo levantando cañeros de la FOTIA para ir a pelear a Córdoba. Al tren lo pararon los milicos en Frías y al día siguiente vi por la tele como se escapaban los sueños de la revolución al entrar el ejército en Córdoba capital. Otra vez será, me dije. Con mis primeros sueldos me compré una mochila y aprovechaba los viajes de vacaciones al litoral con la familia para planificar el recorrido del futuro viaje con los compañeros.

Después de la cartonería empecé a trabajar en la fábrica “La Estrella” que hacía galvanizados de autopartes y quedaba en la calle Republiquetas casi Av. Del Tejar (hoy Larralde y Balbín!), en Saavedra: allí conocí al gallego Noya -que vivía en barrio Mitre- y al Negro Tello, dos compañeros peronistas que mataron después del atentado que le costó la vida a Vandor y a los que las crónicas de los diarios señalaron como integrantes del grupo que ejecutó el atentado. El MRP de Cooke era el grupo predominante en la resistencia de esa época, creo que estos dos queridos compañeros tenían alguna relación con ese grupo pero no me consta porque yo no milite con ellos. De ésta fábrica de autopartes me echaron por haber realizado planteos sobre las malas condiciones de trabajo.

En el 70 entré a trabajar en una fábrica de cajas fuertes y muebles de oficina en Villa Martelli, me rajaron porque había organizado un grupo de pibes y nos quisimos afiliar al sindicato, fuimos a la seccional de Munro de la UOM, en la calle Vélez Sarsfield y nos dijeron que no era posible porque éramos menores. La vieja de uno de los pibes que era Testigo de Jehová, fue con la alcahuetería a la fábrica y me rajaron.

A comienzos del 71 un compañero de mi grupo entró a trabajar en una fábrica de asientos para autos en Carapachay y me hizo ingresar. Armamos un grupo de pibes y uno de ellos, cuyo padre era delegado de la UOM, nos consiguió contacto con el SMATA. Vino un delegado del sindicato a vernos y empezamos a formar parte de los “pibes del SMATA”: estábamos en todos los quilombos a los que nos convocaba el sindicato. Cuando había que pararse frente a la policía, el Gordo Rodríguez nos miraba, empezaba a cantar la marcha y parecía que nos daba cuerda, cuando la cosa se ponía muy fea nos metíamos en la playa de estacionamiento del sindicato, en la avenida Belgrano y desde ahí le chumbábamos a la policía. El Gordo Rodriguez hacia como si dirigiera una orquesta y cuando lo ordenaba nos callábamos, casi siempre quedándonos con ganas de más. El 72 fue un año de quilombo entre el SMATA y el gobierno de Lanusse porque quería imponernos el convenio metalúrgico, que era con sueldos más bajos y tuvimos varios enfrentamientos con la policía en la General Paz y Panamericana. Nos paraban los micros que venían de Pacheco y nos gaseaban, pero en la dispersión nos subíamos a los trenes en Padilla o Juan B. Justo y les caíamos en la 9 de julio, saliendo del subte cantando la marcha peronista.

Hacia el año 1972, a los jóvenes rebeldes, se nos presentaban dos caminos a seguir: el del Rock con la propuesta del Billy Bond y la Cofradía de la Flor Solar de alquilar una casa, vivir comunitariamente, ahorrar guita para finalmente irte a El Bolsón a plantar frutillas o el de la militancia, reemplazar a los milicos gorilas y hacer la revolución. El primero era un sueño muy hippie, me tentaba como propuesta pero a poco de andar por los recitales me día cuanta que por más amor y paz que curtiéramos, la cana nos cagaba a palos igual. Por ejemplo en el Luna Park en el 72: el Chango, un pibe de la JP de barrio Mitre, saltó una reja de la popular para pasar a las plateas con butacas y un patovica lo agarró de los pelos y empezó a golpearlo, el iluminador lo apuntó con el foco y un rugido de odio estalló en el estadio, tal es así que el gordo Billy Bond arengó desde el escenario "a la violencia de arriba vamos a responder con la violencia de abajo" y empezó a tocar “Rompan Todo”…así fue nomas. La trifulca termino con gases en las tribunas y Tito Lecture ligando una baldosa en la nuca cuando metía un pibe en un patrullero.

La alternativa militante decantó casi naturalmente, la política represiva encarada por los milicos nos empujaba a encuadrarnos un una “Orga” y enfrentarlos. De todos modos, no era fácil conseguir engancharse: los “folclóricos” no éramos bien vistos porque veníamos de la espontaneidad de la JP, sin más formación política que el amor por Evita y la repetición como consigna de algunas frases de Perón. Éramos como flor de cardo, imposible de agarrar con la mano. La guitarra y Cosquín eran el norte mochilero para templar el ánimo y ver que se pescaba. La militancia sindical era entretenida, en el Smata nos formaban bien. Klossterman era de la AFL-CIO CIOSL y tenía esa cosa evangelista de los gringos, mucha puerta de fábrica y volante en mano apoyando los conflictos desde afuera para proteger a los compañeros que no podían asomar la cabeza dentro de la fábrica. Muchas puebladas iban acorralando a los milicos, pero los pibes no entendíamos la estrategia de Perón: queríamos ir de frente y cambiar la cosa como se había hecho en Cuba. Trelew (*3) fue la gota que desbordó el vaso: poco después de la masacre empezó mi militancia orgánica activa. La estrategia de los Descamisados de abrir las básicas sirvió para que muchísimos grupos entráramos como tropilla al potrero. Alguna vez el Petiso Amorín –José, médico sanitarista y uno de los fundadores de Montoneros en el grupo de Sabino Navarro- me contó que en Gran Buenos Aires, en esa época, se abrieron más de 60 UB. Las básicas abrían y cerraban al calor de la situación política: un día estaba abierta y pasabas en el momento justo…te enganchabas. Sino tenías que militar a lo folclórico -como se decía en esa época-: te juntabas con un grupo de amigos, te ibas de mochilero y entre charla y convivencia ibas armando el grupo siempre a la espera de que se produjera el contacto con la Orga, ¡que podía tardar en llegar! Durante la campaña del Luche y Vuelve en 1972 se abrió el Ateneo Juan Domingo Perón que era dirigido por un “retirado" de Gendarmería que había sido del COR, pero el grupo juvenil lo animaba su hijo "El Torvo", un compañero que se decía que anduvo por Salta con la gente de Jorge Masetti. Era un tipo que apretaba con la cara nomas: hacia desarmes con una canilla en el bolsillo del sobretodo. Me enganche en ésta UB: una tarde la vi abierta, entré y me atendió el secretario general. Me invito a ir con algunos compañeros de mi grupo y así comencé a concurrir a las reuniones generales que se hacían a persianas cerradas. Ésta UB participaba en la coordinadora de zona Norte que orientaban los Descamisados antes de la fusión con Montoneros. Al principio los viejos nos contaban las costillas y nos iban probando en pintadas y acciones menores.

 

(*1) Tras el derrocamiento del Presidente constitucional Juan Domingo Perón en 1955, entró en vigencia el decreto Nº 4161 mediante el cual se prohibía pronunciar el nombre de Perón, sus familiares y Eva Perón (o Evita). También estaba prohibido decir “Justicialismo” o exhibir alguno de los símbolos que representaban al gobierno derrocado. La pena que establecía el decreto era de cárcel por seis meses o más.

Pero el régimen represivo no pudo con la creatividad del pueblo. Los peronistas, entonces proscriptos, negados y perseguidos, usaban en la solapa del saco un ramito de flores “no me olvides” para identificarse en el espacio público. El nombre de la flor aludía directamente a la consigna política que los propios peronistas se habían asignado: prohibido olvidar al gobierno y las personas que habían dignificado a los trabajadores.

Este símbolo de lealtad al proyecto nacional inspiró a Arturo Jauretche a escribir un poema sobre la resistencia.

(*2) La fuga de Río Gallegos: cuando el golpe del 55, parece que la dispersión fue total, no hay olvidar que lo más graneado del Peronismo, "los jerarcas" como decían los compañeros estaban presos en la carcel de Río Gallegos: el “Turco Antonio", el Bebe Cooke, Espejo el líder de la CGT, Patricio Kelli líder de la Alianza Libertadora Nacionalista, el “Tío” Campora, el “Yorma" Alberte y el “Gallego” Gomiz. Cooke era el jefe nacional del Movimiento Peronista por orden de Perón y la fuga de Río Gallegos fue financiada por Jorge Antonio. Perón activó a Blanca Luz Brum, que estaba exiliada en Chile y la mamá de Alberte entró una 45 al penal en una visita. Patricio Kelli le contó alguna vez al Ñato Iglesias que lo tuvieron que persuadir al Tío Campora para fugarse. No querían dejarlo porque estaban seguros de que los gorilas lo fusilarían para vengarse y justificar la fuga como un enfrentamiento (lo que iba a pasar en Trelew 15 años después).

 

Después de la fuga, en Chile se dispersaron: el Gallego Gomiz y el Turco Antonio viajaron a Europa, Alberte se fue a Brasil, Cooke terminó en Cuba y Kelli quedó preso en Chile -pero Perón le escribió a Blanca Luz y está lo ayudo a fugarse, termino en Caracas siendo custodia de Perón-. Esa dispersión de los mejores hombres de Perón seguramente retrasó la reorganización del Movimiento. El Ñato en esa primera mitad de los 60 frecuentaba la casa de Kelly en Saavedra porque noviaba con una familiar de Patricio. Estando yo preso en Rawson, en enero del 75, el viejo Silvano Castro de la Compañía de monte del ERP me contó cómo era la resistencia en Tucumán y que siendo ferroviario el traía desde Bolivia la dinamita para la resistencia: Cooke les hizo llegar a ellos -los Uturuncos- 2 ametralladoras Thompson.

(*3) Los compañeros fusilados en Trelew en agosto del 72. El sexto contando desde la izquierda es Alberto "El Bronce" Camps. Lo conocí en la UB "Combatientes Peronistas", actual Casa de la Memoria “Jorge Nono Lizazo”. Alberto era secretario del Gordo Miguel Lizazo, diputado Nacional de la Juventud Peronista y militaba en la JTP de la Zona Norte en 1973. Tambien se ve a María Antonia Berger, creo que ella militaba en la agrupación Evita de la Rama Femenina.

 

Cuando estuvimos presos juntos, Alberto Camps me cuenta que en el momento de los fusilamientos en la base Almirante Zar, María Antonia Berger se le tira encima para protegerlo, porque tenía el mandato de Osatinski -jefe de las FAR, había subido al avión con rumbo a Chile con la primera tanda de fugados-, de cuidarlo como si fuese su hijo. El negro Olmedo también lo quería mucho porqué era uno de los más chico de su Organización.

ADELANTO PARTE 3: LOS SETENTA, PERÓN VUELVE, CAMPORA AL GOBIERNO Y PERÓN AL PODER, LA MUERTE DE PERÓN, LA CARCEL Y LA DICTADURA