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No solo transitamos un tiempo marcado por el uso de las redes sociales como mecanismo de comunicación y sociabilidad predominante sino que, condicionados por la pandemia y la necesidad de aislarnos físicamente como medida para evitar los contagios, hasta los más renuentes a relacionarnos vía WhatsApp, Twitter o Instagram y que a regañadientes incorporamos el mail como herramienta de intercambio de información, también hemos sucumbido ante la virtualidad. Consultamos entonces varias veces por día la pantalla de nuestros celulares, buscando mensajes de compañeros, amigos o familiares que nos hagan más llevadero el encierro. Así conocimos a Pascual Angel Reyes: por un intercambio en WhatsApp entre un grupo de vecinos que discuten propuestas para la Comuna 12 y la Ciudad. Intuimos que su historia debía ser compartida. ¿Por haber sido protagonista de un período histórico que se caracterizó por la incorporación masiva de la juventud a la política, luchando por imponer un proyecto de liberación nacional y generando la brutal reacción de la derecha oligárquica que implementó un genocidio para acallar a una generación entera y evitar la proyección de su ejemplo?, sí, por supuesto. ¿Porque pocos son los que han transitado parte de su experiencia militante junto a compañeros de la talla de Dardo Cabo, Alberto Camps o el “Palo” Pirles?, también, claro. Pero tan importante como éstas y otras razones de su pasado es su presente militante.

 

Y como nos aggiornamos a los tiempos que corren, iniciamos un intercambio por WhatsApp en el cual frente a nuestras preguntas, Pascual fue contestando con los textos que reproducimos en ésta suerte de reportaje o relato guiado que iremos compartiendo por partes a lo largo de varias semanas.

En el texto, en más de una ocasión, nos referimos a Pascual por su segundo nombre –Ángel- y esto justificó una explicación del protagonista de la nota: mi nombre es Pascual Ángel Reyes, mi papá se llamaba Pascual y por eso mi mamá, para diferenciarnos, me llamaba Ángel, que fue el nombre que se impuso en el uso familiar y de mis amigos. La utilización del Pascual es posterior y viene de cuando ingresé al pabellón de los presos políticos peronistas en Villa Devoto en el año 74: se lo debo a Alberto Camps, el sobreviviente de la masacre de Trelew. En el pabellón contiguo al nuestro, ocupado por militantes del PRT, ya había un compañero llamado Ángel: para evitar confusiones, Alberto empezó a utilizar mi primer nombre y desde ese momento quedé bautizado en la militancia como Pascual. En la militancia clandestina no usábamos nuestros nombres reales sino lo que se conoce como “nombres de guerra””.

I.-De mochilas y batallas culturales

“Sí algo bueno tiene para mí está maldita pandemia es que me obliga a quedarme en casa, sino sería imposible hacer esto que tantas veces me pidieron los compañerxs. El escritor belga Blaise Cendrars tenía una frase que me impactó en mi adolescencia: “primero vivir y luego escribir”. Hubo un tiempo en que estuve preso en la cárcel de Villa Devoto, encerrado en una celda celular. Éste tipo de celdas se empezó a usar en el año 1974, cuando el brujo López Rega consolidó su poder y los niveles de represión aumentaron: tenían 2,50 m de ancho por 3 m de largo, con dos camas cuchetas, es decir que colocaban a 4 detenidos en un espacio en el que apretados entraban 2. Encima hacia finales del año 1975 aumentaron el rigor del régimen carcelario y nos tenían encerrados las 24 horas del día con solo un recreo de ½ hora semanal. En ese contexto y cuando nos dejaban, discutíamos con otros presos cómo el “Ñato” Iglesias, el “Palo” Pirles y Dardo Cabo, qué era lo que determinaba que unos hombres estuviéramos en cana por pelear por la revolución y otros estuvieran boludeando afuera lo más campantes. El Palo sostenía que era por la ideología emergente producto de cómo la lucha de clases impactaba en cada individuo; Dardo, que era obrero metalúrgico, decía que era una cuestión de materialismo histórico: los intereses económicos imponían o determinaban la ideología de cada uno; el Ñato era trabajador bancario y había estudiado Psicología: explicaba que eran los mandatos culturales que cada individuo traía de su familia y el entorno social los que posibilitaban o impedían el desarrollo de su conciencia. Yo sólo escuchaba a los monstruos que tenían promedio quince años más de vida y cada uno era un bronce de la militancia. Todos éramos peronistas pero de distintas raigambres de militancia. Escuchaba y al mismo tiempo reflexionaba acerca de mi historia de vida: revisaba mi mochila cultural y recordaba todas esas historias que escuchaba contar a mi familia. Por eso las cosas que cuento en la nota son recuerdos individuales pero engarzados en “la memoria popular”. Cuando yo tenía 7 años le pregunté a mi bisabuela Francisca si ella iba a estar en una estrella cuando se muriese. Me acaricio la frente y me dijo que no: “sólo voy a estar acá, mientras te acuerdes de mí”. Cuando me contaba historias de la familia, mientras me enseñaba a cultivar, nunca usaba el yo, siempre decía: “a nosotros nos pasó en ese tiempo” y podía referirse a tiempos anteriores a su propia vida pero el nosotros nos incluía, a mí y a ella. Estaba llenando mi mochila cultural, generando un mandato”.

El contenido que llena la “mochila cultural” de Pascual no es ni más ni menos que los ladrillos del muro detrás del cual nos refugiamos cuando somos derrotados y al que nos trepamos para mirar con optimismo el horizonte cuando la victoria nos sonríe, en el marco de la mentada y duradera batalla cultural que tiene al campo nacional, popular, democrático y feminista –del que formamos parte- como uno de los contendientes.

II: “Las que están con el patrón que se queden, las que estamos con Perón vamos a la calle”

- ¿Naciste en una familia militante?, ¿cómo era la relación de tus padres con el peronismo naciente?

- Mi relación con la política fue familiar, nací dentro de la militancia. Mi madre bromeaba que “primero parió al peronismo y después a nosotros”. En el 45 ella trabajaba en la Compañía General de Fósforos, era delegada de sección y el gremio de la Madera estaba controlado por el Partido Comunista. Mi vieja era simpatizante socialista de la línea de Ugarte, que a su vez simpatizaba con Perón por el tema del antimperialismo norteamericano. El 16 de octubre de 1945, un compañero de otra fábrica la espera a la salida del turno y le dice que al otro día iban a ir a buscar a Perón y que levantara la fábrica. Mi vieja le aclara que la delegada general era comunista y se iba a oponer. Pero igual acuerdan un plan de acción. El 17 al entrar a la fábrica, mi vieja recorre las secciones llamando a asamblea general y con el apoyo de otra delegada amiga que también estaba con Perón logran imponer la asamblea general de fábrica. Mi vieja expone que “Perón se jugó por nosotros y ahora nosotras tenemos que jugarnos por Perón yendo a la Marcha”. La jefa de la comisión interna contra-argumenta que si salían de la fábrica la patronal las iba a echar a todas por abandono de trabajo. Mi vieja responde que ese era siempre el argumento del patrón. Y cierra con la consigna “las que están con el patrón que se queden, las que estamos con Perón vamos a la calle”. Y allá se fueron a hacer historia. Los 17 de octubre siempre recordaba con orgullo cómo a medida que avanzaban los compañeros de otras columnas les abrían el paso para que encabezarán la marcha y los que cerraban la columna llamaban a unirse a los trabajadores que miraban desde las vereda de los talleres por donde pasaban: “marchan las mujeres y ustedes se quedan mirando, cagones”. Y parece que les dio resultado. Ese día tuvo que meter los pies en la fuente como muchas y muchos, porque los tenían hinchados de tanto caminar. Volvió a su casa de Florida en la madrugada del 18, ese día ya era San Perón.

- ¡Una Compañera con mayúscula tú mamá!, contanos algo más de ella…

- Mi vieja era conocida como “La Correntina” porque había nacido en la zona rural del departamento capital de Corrientes. Su papá era un pequeño ganadero que fallecio de leucemia cuando ella tenía tres meses. Su madre era también propietaria rural y se dedicaba a la ganadería, la plantación de caña de azúcar y la fabricación de melaza para uso industrial en bebidas y jarabes. A los 6 años fue a vivir a la ciudad con su abuela materna para poder ir a la escuela. A los 18 años su abuelo paterno le pagó el viaje y la estadía para que viniera a Buenos Aires a ver a su madre, que se había instalado aquí. Mi abuela materna era un personaje arquetípico de las mujeres independientes de las familias del interior: era radical irigoyenista y de armas llevar, ¡como todas las mujeres correntinas!. Le gustaba frecuentar los círculos literarios. Feminista furiosa e igualmente antiperonista. No concebía que los hombres no tuviesen opinión política. Desde muy chico me preguntaba mis opiniones porque tenía la sospecha de que era peronista como mis viejos: “¿no serás peronista vos?”, “…los hombres que no tienen opinión política no son hombres, o son gringos “, “…sólo los gringos no tienen derecho a opinar”. En ese marco familiar no existía el “no te metas”, el tabú de la política era inexistente: mi madre me explicaba que era una secuela de la “Ley de Residencia” que deportaba a los extranjeros que militaban en el Anarquismo o en los sindicatos. Con los años concluí que eses tabú es la base de lo que hoy llamamos “la antipolitica”.

Mi vieja era muy peronista, todos los 26 de julio sacaba el retrato de Evita y le prendía velas. Nos contaba de los actos en la Plaza de Mayo, de los discursos, de las obras de la fundación Evita, del Cabildo abierto del 22 de agosto y de su agonía. Vivía la política como algo natural, como un derecho de la vida. Admiraba a José Martí y me inculcaba “ser culto para ser libre”. Cuando llegó a Buenos Aires trabajo un tiempo como institutriz, pero dejó esa vida y prefirió la independencia de las fábricas y los círculos socialistas donde se encontraba más a gusto. Tenía 22 años en el 45, normalmente las mujeres se casaban antes de esa edad pero las que elegían ser independientes podían hacerlo más tarde.

-Y de tú papá: ¿qué nos podés decir?

-El contexto socio-económico del período entre dos guerras mundiales impulsó la sustitución de importaciones. Una industria de reemplazo de los bienes que escaseaban atraía hacia Buenos Aires y Rosario a jóvenes de todo el interior, no sólo por los mejores ingresos, sino también por el consumo de bienes y servicios que las provincias no tenían. Ese contexto de movilidad ascendente impulsaba una expansión de la clase trabajadora que encontraba el sedimento organizativo para luchar por mejoras de calidad de vida y trabajo en las bases sindicales organizadas por los socialistas entre los trabajadores de servicios, los anarquistas entre los trabajadores rurales y los comunistas entre los obreros fabriles. El radicalismo irigoyenista tenía una base política entre los pequeños y medianos agricultores rurales de muchas provincias, cuyos hijos eran estudiantes de medicina, abogados o ingenieros. Ejemplo de esto era el abogado Manuel Ortiz Pereyra, tío del ingeniero Scalabrini Ortiz mentor del grupo Forja. Los Ortiz era una familia de terratenientes correntinos de militancia radical que estaba dividida entre irigoyenistas y galeristas como el presidente Ortiz, abogado de los ferrocarriles ingleses. Raúl Scalabrini Ortiz no era Radical sino de orientación anarquista.

Cuento lo anterior porque mi padre también era correntino pero de la costa del Río Uruguay, hijo de un panadero anarquista partidario de la acción directa. Mi padre era técnico metalúrgico y vino a Buenos Aires a estudiar ingeniería y se enganchó con las ideas de Raúl Scalabrini Ortiz. El ferrocarril era el medio de transporte dominante que atraía a los jóvenes estudiantes de ingeniería del interior por su posibilidad de desarrollo.

La vida de los estudiantes provincianos en Buenos Aires era difícil si no contaban con una buena ayuda paterna y lugar donde vivir. Mi viejo llegó en el momento justo y enseguida consiguió trabajo en la industria de las grandes calderas para uso industrial y ferroviario. Fue delegado en la UOM y convencional paritario, tenía la facilidad de memorizar las leyes laborales y los convenios con su articulado como si fuese un abogado laboralista. Fue congresal del Partido Peronista. El 16 de junio del 55 estuvo en la Plaza de Mayo y contaba cómo los muchachos de la Alianza Libertadora Nacionalista tiraban con las ametralladoras Thompson contra los aviones mientras otros rescataban a los heridos. Estuvo también en los enfrentamientos contra el Ministerio de Marina: ayudó a empujar los cañones, era oficial de reserva. En la colimba de esa época los soldados se graduaban al terminar y les daban un grado en la reserva según sus estudios y calificaciones.

Volviendo al 16 de junio del 55, no era de extrañar que los militantes de la Alianza empuñaran las ametralladoras, porque formaban parte de una organización con una estructura de cuadros con formación militar. Pero no eran los únicos que estaban armados: contaba papá que también había obreros armados con escopetas y rifles del 9, otros llevaban revólveres 38 –como mi viejo-.

La relación con las armas no estaba tan mal vista como está hoy. La gente de las provincias estaba acostumbrada al uso de las armas: mi abuela Paula Sánchez –madre de mi madre- era la hija mayor de un comandante de guardias nacionales y su padre, Telesforo Sánchez, le había enseñado a portar armas desde los 14 años. Me contaba que usaba trabuco y Winchester en el cojinillo(*1): caballos y armas eran cosas comunes para mi abuela. Mi viejo también andaba muy bien a caballo. Solíamos salir a bolear avestruces con mis tíos –hermanos de mi papá-. Mi tío Sergio, que vivía en Alvear –provincia de Corrientes- andaba en la panadería con el cinto correntino, un cinturón ancho de cuero de carpincho con bolsillos para las balas y cartuchera para el revólver. El prejuicio y miedo a las armas, también es una cosa impuesta por la moral oligarca: el papá de mi viejo solía decir que “los pobres roban con un garrote y los ricos con la pluma”. El arma iguala estaturas e impone respetos y derechos. Por eso los oligarcas de todos los tiempos imponen un republicanismo desarmado donde pueden dominar con el insulto y el desprecio y escudarse detrás de “la fuerza pública”, única legítima detentadora de las armas y el poder del Estado. Zonceras para colonizar la mente de los tilingos.

El arma es sólo un cacho de fierro, lo importante es la ideología que la empuña. Yo quería ser abogado, pero a mi viejo no le gustaban los abogados, a pesar de tener un hermano Auditor de Gendarmería y otro que ejercía la matrícula en Misiones. Solía decirme que “hace más daño un cagatinta que un regimiento armado”.

III: La revolución fusiladora y una infancia peregrina

-¿Tus viejos se conocieron en Buenos Aires?

-Sí. Mi mamá vivió un tiempo en Florida con su abuela materna, que la había criado. Mi bisabuela Francisca Solís festejaba siempre su cumpleaños al estilo campesino, con asado y baile. Un conjunto de músicos correntinos amigos de mi bisabuela fueron al cumpleaños y mi viejo iba de colado llevando un acordeón. En esa fiesta se conocieron en el año 47. Como les conté, mi viejo trabajaba en una fábrica de calderas y también vivía en Florida –que era una zona muy industrial-.

En el año 50 nació mi hermana Rosario, en el 52 mi hermana Dora y yo nací en el 54, por eso no tengo recuerdos propios de año 1955 y lo que transmito son las narraciones familiares.

-¿Qué paso con la familia después del bombardeo en la plaza y del golpe de la Libertadora?

- Después de los bombardeos a la Plaza de Mayo mi madre comienza a sufrir ataques de pánico y toda la vida familiar se fue al carajo. Mi papá logra ubicar a mis hermanas en un hogar en Villa Elisa que pertenecía a la fundación Evita y yo empiezo a peregrinar por distintas casas. A mis hermanas el comienzo de la revolución fusiladora las encuentra en el hogar de Villa Elisa: mi hermana mayor contaba que cuando el golpe se impuso hicieron formar a todos los chicos en el patio del hogar, les quitaron los juguetes y los prendieron fuego.

Mi infancia transcurrió durante la resistencia y, teniendo los padres que tenía, éste período no podía dejar de marcarme. Después del bombardeo a la Plaza , a mi mamá y a mí nos lleva mi abuela a su casa de Parque Avellaneda. Cuando triunfa la revolución gorila, a mi vieja se la llevan presa pero mi abuela logra, por sus relaciones familiares radicales, que la declaren insana y la internen en el Hospital Neuropsiquiátrico Moyano. Por el conflicto con la Iglesia mis padres no me habían bautizado y mi abuela aprovechando que mi viejo andaba clandestino, me bautizó en la capilla jesuítica Nuestra Señora de los Remedios de Parque Avellaneda, que era una antigua misión dedicada a producir remedios en la época colonial. Cuando mi viejo se entera se pone furioso, me “rescata” y me lleva a la casa de una tía de mi mamá que era peronista. Al poco tiempo un primo de mi vieja que estaba en el Liceo Militar, le hace una emboscada a mi viejo cuando iba a visitarme: gracias a Dios papá logra escapar conmigo bajo el brazo, tirándole un par de tiros en el parabrisas al Mercedita de los pichones de milicos. La anécdota me la cuenta 15 años después el mismo primo de mi vieja, Enrique, como un acontecimiento divertido de su adolescencia.

Cuando Enrique me relata lo que había pasado con papá, él ya era un hombre, había dejado el Liceo Militar y se había hecho militante comunista: ¡gorila siempre!. La familia de mi vieja logró acomodarle condenas varias veces: antes eso se llamaba relaciones de las buenas familias, ahora le diríamos tráfico de influencias.

Después del escape ruidoso, mi viejo me guardó con la familia de un compadre, padrino de una de mis hermanas –mi tío Amado-. Está familia había perdido un hijo de pocos años de edad y me criaron con el mayor de los amores. Mi mamá conoció a Amado cuando vino a Buenos Aires a trabajar de institutriz en una residencia de Belgrano. En esa casa Amado era chofer, jardinero, lustratodo: un polifuncional que desempeñaba los más variados oficios. A su mujer la apodaban “Gringa” y era la cocinera de la residencia. Eran una pareja cordobesa que había venido, como tantos jóvenes del interior, a buscar trabajo y mejores condiciones de vida. Él, en su tiempo libre, lustraba los pisos de un colegio de monjas a cambió de alfabetización primaria. Más adelante y de la misma manera obtuvo título de maestro mayor de obras en un colegio secundario de curas. Tal era la movilidad social de la época peronista, que para el 55 tenía una pequeña empresa de construcciones y también ejercía como docente en una escuela técnica de Ramos Mejía. La “Gringa” era radical sabattinista, antiperonista pero no gorila; él era un peronista moderado, de bajo perfil diríamos ahora.

Éramos una típica familia de la nueva clase media de los 50 y 60: vivíamos en Iberá y Libertador en una casa chorizo de muchas habitaciones y huerta con gallinero al fondo. La casa tenía una entrada con zaguán de varios escalones porque la “sudestada” llegaba hasta la puerta, una antesala con un inmenso vitró era usada como living y en ella imperaba, desde las siete de la tarde un televisor sintonizado en el canal 7 –el único existente-, lo que provocaba mis berrinches ya que esa cosa acaparaba la atención de todos. Recuerdo particularmente un ambiente de la casa al que llamaban “la oficina” que era una habitación enorme ocupada por una biblioteca que trepaba hasta el techo y dos grandes tableros para dibujar los planos de obra.

Ese fue mi hogar hasta que asumió Frondizi en el 58 y mi vieja fue “liberada” de su enfermedad. Descubrí que la “Gringa” no era mi madre cuando mi vieja me llevó a vivir con ella en una casita que había alquilado en la zona rural de San Isidro. Días después “conocí” a mi papá, que trabajaba como soldador en la fábrica EMSI de tractores y motoniveladoras. No pasó mucho tiempo y fuimos a buscar a mis hermanas: la familia se volvió a reunir y nos trasladamos a la misma casa en la que vivíamos antes del golpe.

(*1) el cojinillo es un tipo de montura que se usa en la provincia de Corrientes y consta de un cuero de oveja sostenido por una cincha también de cuero. Las armas se pueden colocar a presión entre el cojinillo y los bastos, que son unos tubos de cuero rellenos de crin de caballo que sirven como almohadillas –aclaración de Ángel Reyes-.

 

ADELANTO PARTE 2: la década del 60 y los inicios militantes

 

El 28 de septiembre de 1966, un comando armado de 18 estudiantes, obreros, sindicalistas y periodistas, en su mayoría militantes peronistas, secuestró un avión Douglas DC-4 LV-AGG de Aerolíneas Argentinas, que había partido desde Buenos Aires a las 0:34 horas y tenía por destino a Río Gallegos, y lo desvió, aterrizando en las islas Malvinas unas horas más tarde. Los jóvenes se llamaban a sí mismos "cóndores"; casi todos eran peronistas. La edad promedio del grupo era de 22 años. El "Operativo Cóndor", como fue bautizada la acción armada, fue comandado por Dardo Cabo, de 25 años de edad, periodista, metalúrgico y activo militante peronista, hijo del sindicalista Armando Cabo.

Los miembros del Operativo Cóndor fueron: Alejandro Giovenco Romero, de 21 años de edad; María Cristina Verrier, dramaturga y periodista de 27 años, hija de César Verrier, juez de la Suprema Corte de Justicia y funcionario del gobierno del ex-presidente Arturo Frondizi; Fernando Aguirre, empleado de 20 años; Norberto Karasiewicz, obrero matalúrgico de 20 años; Andrés Castillo, empleado de la Caja de Ahorro, de 23 años; Luis Caprara, estudiante de ingeniería de 20 años; Victor Chazarreta, obrero metalúrgico de 32 años; Ricardo Ahe, empleado de 20 años; Juan Bovo, obrero metalúrgico de 21 años; Edelmiro Jesús Ramón Navarro, empleado de 27 años; Ramón Sánchez, obrero de 20 años; Pedro Tursi, empleado de 29 años; Juan Carlos Rodriguez, empleado de 31 años; Pedro Bernardini, obrero metalúrgico de 28 años; Fernando Lisardo, empleado de 20 años; Edgardo Salcedo, estudiante de 24 años; Aldo Ramírez, estudiante de 18 años.

El comandante de la aeronave era Ernesto Fernández García, y entre los pasajeros figuraba el gobernador del por entonces Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, contraalmirante José María Guzmán. También viajaba en el avión Héctor Ricardo García, el director del matutino porteño Crónica.