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Durante la charla Mirtha llora. No se trata del llanto que arremete hermanado con el recuerdo o la nostalgia. Es el llanto del dolor de una herida abierta, del dolor a flor de piel, del dolor que se acrecentó con el paso del tiempo cuando no existían paliativos o remedios que permitieran suturar lastimaduras del cuerpo que se extendían hasta el alma, que trascendían del cuerpo individual al social por el simple hecho de ser compartidas por muchos. Un dolor tan profundo que sigue vigente a pesar de los 12 años en los que la justicia se impuso a la impunidad y que solo será superado cuando el último de los represores sea condenado. Y ese día las lágrimas seguramente seguirán fluyendo pero por la falta, por el amor, por el recuerdo de vidas reivindicadas en su inteligencia, en su compromiso y acción, en su entrega y en sus valores.

El relato de Mirtha, lo que dice y lo que su cuerpo manifiesta al decirlo, explicita que la justicia como contraparte de la impunidad no es cosmética sino estrategia en el camino de construir un país distinto. Qué no es el único camino lo demuestran treinta años de democracia y las actuales e impúdicas manifestaciones de capitostes oficialistas de diferentes procedencias y pertenencias. Vale explicitar las diferencias: uno es un país con justicia, dónde los culpables de crímenes pagan sus culpas frente a la sociedad y el estado y los ciudadanos pueden paliar su dolor sabiendo que el sacrificio de sus seres queridos no ha sido inútil; o el país de la impunidad condenado a reciclar el dolor generación tras generación apostando utópicamente al olvido y la negación de la historia. Uno de éstos países puede mirar al futuro y plantearle un porvenir a las nuevas generaciones, el otro no puede trascender el presente permanente emparentado con la salvación individual y el desmembramiento del tejido social y de elementales conceptos de pertenencia e identidad: nación, patria, pueblo. Por eso el relato de Mirtha no es un simple testimonio sino que pone de manifiesto miseria y heroicidad colectivas, en proporciones similares alarmas que no deben subestimarse y realidades, acciones y tendencias, que deben profundizarse y potenciarse en el marco de la reconstrucción de la memoria colectiva para fortalecer uno de los pilares de la batalla cultural en desarrollo.

Edgardo y Goyo:

El derrotero de Edgardo Salcedo tiene puntos de contacto con el de muchos jóvenes que iniciaron su actividad política en los sesenta: integrante de grupos nacionalistas católicos en el marco de la resistencia peronista –Tacuara, Movimiento Nueva Argentina-, participa de la “Operación Cóndor” y es encarcelado en Ushuaia a su regreso de las Islas Malvinas junto al resto de los integrantes del comando, forma parte del comando armado “Los cabecitas negras” a finales de los sesenta, termina incorporándose a Montoneros a principios de los setenta -fue delegado de la Juventud Trabajadora Peronista en ENTEL-.

Edgardo fue asesinado el 12 de Julio de 1976 por integrantes del Grupo de Tareas 3.3.2 de la ESMA que rodearon el edificio de Oro y Av. Santa Fé, donde vivía junto a su esposa Esperanza Cacabelos y su hijo Gerardo de dos años. Edgardo y Esperanza estaban armados y resistieron a tiros. Ambos murieron en el enfrentamiento.

Juan Gregorio “Goyo” Salcedo, hermano menor de Edgardo, comenzó su militancia realizando actividades de apoyo a la “Operación Cóndor”. Al igual que su hermano, formó parte de “Los cabecitas negras”. Trabajó con el padre Mujica y los curas tercermundistas en la Villa 31 junto a otros jóvenes católicos comprometidos con la realidad política y social del país. A mediados de 1972, gracias a un acuerdo con Raimundo Ongaro de la CGT de los Argentinos, ingresó a ENTEL junto a Edgardo. Allí se desempeño como aspirante a Oficial de Líneas. Ese mismo año se incorporó a la Juventud Trabajadora Peronista.

El 12 de junio de 1976 un grupo de tareas rodeo la casa de la familia Salcedo en la localidad de Boulogne. A Goyo lo golpearon frente a una de sus hermanas y sobrinos, preguntando por el paradero de su hermano Edgardo. Con el mismo objetivo lo llevaron a las casas del resto de sus hermanas. Edgardo no se encontraba en ninguna de ellas. Luego de esto nada más se supo de Goyo.

Los hechos

Antes del golpe del 76 ya sufríamos la represión: que cayeran compañeros era moneda común a partir de 1975. No podíamos evaluar la dimensión de lo que se venía, pero teníamos indicios que la cosa iba a ser dura. Yo tenía trece años: atendía el teléfono en la casa de mis abuelos y conocía las claves que definían la suerte corrida por los compañeros: “tuvo un accidente” podía indicar que había sido herido en un enfrentamiento o “lo llevaron al Hospital” podía indicar que había sido secuestrado. Hasta ese momento no habíamos incorporado el concepto de “detenido-desaparecido”: pensábamos que los militantes iban a ser legalizados, que los podían torturar, que seguramente iban a sufrir, pero que finalmente iban a terminar en una cárcel en la que podríamos visitarlos y planificar la vida futura una vez que los liberaran.

La casa de mis abuelos era una casa puesta al servicio de la causa peronista. Era la casa de una familia humilde, encabezada por mi abuelo que había sido alumno de Perón en el Colegio Militar de la Nación. Tenía un cuartito, “el cuartito del fondo”, que los compañeros usaban para “guardarse” después de haber participado en algún operativo en el marco de la primera resistencia en los 60 o en los años del “Luche y vuelve” de principios de los setenta. Llegaban los compañeros y se les preguntaba “¿Cómo anda compañero?, ¿tiene hambre?, ¿comió algo?”.

Era fundamental en aquellos años saberse “compañero”: era por esa condición de “compañero” que la solidaridad ocupaba el espacio central de nuestras vidas humildes –la de mis abuelos, la de mis tíos-. Siendo chiquita, una nena, recuerdo los esfuerzos que hacía por ser solidaria, por compartir: era como una meta que me acercaba a la realización como ser humano.

Yo a los 14 años entendía que se podía poner en juego la vida por un proyecto que implicara bienestar para el pueblo. Sabía que no había retorno: mi tío Edgardo me dice en una carta que me escribió estando preso en Ushuaia: “ser peronista es muy bueno”. Le faltó decirme que era muy bueno pero también muy duro.

Cae José Cacabelos, hermano de Esperanza Cacabelos esposa de Edgardo.

Cuando desaparece José sabíamos que era posible que nos allanaran la casa. Lo temido pasó y se llevaron a Gregorio.

El allanamiento a la casa de mis abuelos fue el 12 de junio de 1976. Venían a buscar a Edgardo y se lo llevan a Gregorio. Con una familia militante hay pocos lugares donde ir. Esa noche una tía cuyo marido también era militante y era buscado, fue a la casa de mis abuelos con sus cuatro hijos para dormir allí. Llega Gregorio y en una charla familiar mi tía le pide que se vaya y él –a pesar de saber que era muy probable que la patota viniera- decide quedarse… si él se iba la que terminaría chupada sería su hermana.

La patota aparecio: Goyo intentó escapar por los fondos pero la casa estaba rodeada y lo capturaron. Lo ingresaron a la casa y yo lo ayudé a terminar de vestirse. Mi tía estaba con sus hijos en un cuarto en los fondos lidiando con integrantes de la patota que amenazaban llevarse a los nenes. Incluso llegan a amenazar con llevarme a mí.

La situación era todavía más compleja: Gerardo, el hijo de Edgardo, estaba en la casa de mis abuelos –lo habían dejado los padres que estaban clandestinos y ocultos-. La patota no tenía que enterarse que Gerardo era el hijo de Edgardo. Ahí estaba yo, atándole las zapatillas a Goyo con Gerardito al lado, deseando que la patota se fuera antes que averiguaran la filiación del nene, aún cuando esto significara que se lo llevaran a Goyo. En definitiva no imaginaba que aquellos pudieran ser los últimos minutos compartidos con mi tío.

Finalmente la patota se retira de la casa de mis abuelos llevándose secuestrado a Goyo. Comienzan una recorrida por casas en las que vivían tíos y tías, hasta llegar a la casa de Flores en la que Edgardo y Esperanza ya no estaban. Goyo les dio tiempo a escapar guiando a sus secuestradores hacia otras casas de la familia, antes de pasar por la que les servía de refugio.

El 12 de julio del 76 en un departamento prestado en Oro y Santa Fé, matan a Edgardo y a su mujer frente a su hijo. Llevan el cuerpo de Edgardo a la ESMA y se lo exhiben a los compañeros secuestrados en el Centro Clandestino: el mensaje que intentan comunicar es que la patota era capaz de matar a un oficial montonero.

Gerardo, el hijo de apenas 2 años, fue llevado al Hospital Fernández y posteriormente entregado a sus abuelos maternos.

Después de chupar a Goyo y matar a Edgardo, la casa de mis abuelos sigue sufriendo allanamientos, por eso pensamos que al menos a Edgardo lo buscaba más de una fuerza, posiblemente la Armada y el Ejército. No sabemos con certeza a que fuerza pertenecía la patota que secuestró a Gregorio, pero estamos casi seguros que se trataba del ejército: muchos compañeros desaparecidos de la zona Boulogne – Villa Adelina pasaron por Campo de Mayo. En ésta zona del conurbano eran muy activas las patotas de Ejército. Aparentemente vivíamos en el área operativa de los grupos del ejército.

Del posterior recorrido de Goyo no se sabe nada, nada. Goyo comenzó a militar colaborando en la preparación del Operativo Cóndor. Sin embargo, en el momento de su secuestro no estaba encuadrado dentro de la estructura de Montoneros. La nuestra era una familia militante pero haciendo un paralelo con la religión en la familia había obispos, curas y feligreses: Edgardo no era un obispo.

Le ordenan que le ate las zapatillas. Se lo llevan como guía de un periplo que recorrerá las casas de tíos y tías: esperan encontrar a Edgardo y su mujer en alguna de ellas. Mientras con manos temblorosas procura ajustar el nudo de su zapatilla izquierda se miran. Le gusta pensar que en aquel cruce de miradas dialogaron: “Mirtha no te preocupes, a Edgardo no lo van a encontrar”, “lo sé, tío, lo sé. Tengo miedo por vos”, “Yo voy a estar bien. Apuráte, terminá de atarme los cordones que quiero sacarlos de la casa de los abuelos antes que averigüen de quién es hijo Gerardito. Apurate, tu apuro es nuestra voluntad imponiéndose a la fuerza bruta de la patota….apurate, “Me apuro tío, ya termino. Lo que pasa es que todavía los pueden llamar por el radio y ordenarles “dejénlo y retirénse”, mientras no enhebre el último lazo del cordón puede pasar………..”, “no Mirthita, por un rato me voy con ellos…pero vuelvo, seguro que vuelvo”.

La muerte, la desaparición, la dictadura…….

Mi vida como adolescente fue muy triste: no puedo explicar con palabras lo que es una desaparición, esperaba todos los días que Goyo abriera la puerta de la casa de mi abuela. Todos los días. Siendo una nena había sido testigo del secuestro de mi tío. Estaba en 2º año del secundario. Mamá, con reserva, intentó explicarle a la directora del colegio al que concurría lo que había pasado y la señora le contestó: “bueno, pero que no diga nada”…..el silencio….. pero porqué, si mi tío quería una patria más justa para todos, por qué no podía decirlo, por qué no podía gritarlo……

¡Pensá como marcó mi adolescencia no poder hablar, no poder contarle a nadie el mayor dolor!. Pero para tener una vida social mínimamente normal no tenía otro remedio que callar, no contar, no compartir nuestro drama con nadie por fuera del círculo familiar.

En 1977 nos mudamos con mamá a vivir a la Capital Federal y comencé a cursar en el Liceo Nº 1: no nos dejaban entrar al colegio con mochilas, teníamos que llevar bolsas transparentes. Los designios de la dictadura invadían hasta los espacios más privados y el silencio representaba el único refugio medianamente seguro que nos quedaba: si no hablábamos no podían saber qué pensábamos y no nos podían o no debían castigarnos. ¡Qué paradoja!, uno de mis tíos muerto y el otro desaparecido por pelear por un país mejor y yo sin poder decirlo porque podía significar la muerte. Muy difícil de procesar para una adolescente taladrada por la pérdida………..

Siempre me pesaron los últimos instantes que estuvimos juntos, nuestras miradas que se cruzan cuando le estoy atando las zapatillas, el abrazo cuando nos paramos estando él esposado. Varias veces me pregunté si el peso tenía que ver con el silencio, con no denunciar a los gritos lo que le habían hecho o le estaban haciendo a mi tío, a nuestra familia, a los peronistas, a los militantes, al pueblo, a la patria…..Lo he pensado y repensado para finalmente convencerme que no teníamos alternativas, sólo el silencio y la soledad fundidos con el miedo siempre presente….

Mi refugio era el silencio y el silencio mi aliado para sobrevivir -“el silencio es salud” decía el eslogan publicitario de la dictadura-.

Incluso en el ámbito familiar se hacía difícil hablar de lo que nos estaba pasando: fuimos una familia golpeada por lo de mis tíos pero hubo otros tíos y primos buscados, escapados, condenados al ostracismo por años como modo de supervivencia. Éramos una familia militante y en aquellos años clandestina: en esas condiciones había poco espacio para el diálogo y tuvimos que procesar lo que nos pasaba un poco solos, cada uno consigo mismo, …”mi mundo privado”………

Jamás se me ocurrió hablar del tema de mis tíos con compañeros o compañeras del colegio. ¿Por qué?: por desconfianza, por miedo a la delación. Sí, en parte, ese fue un triunfo “cultural” de la dictadura. Pero también para no ser juzgada, para no sentir sobre mi cabeza el dedo acusador de una parte de la sociedad que repetía “por algo será….”, para no ser rechazada. Por ejemplo, una tía por parte de mi viejo, cuando se enteró que tenía un tío muerto y otro desaparecido me prohibió que volviera a llamar por teléfono a su casa……

Los primeros meses -te diría años-, posteriores al secuestro, secuestro y desaparición no eran sinónimo de asesinato, de muerte. Por eso manteníamos la secreta ilusión o la ilusa esperanza  de que se abriera la puerta y apareciera. Los meses pasaban y Goyo no aparecía, entonces comencé a desesperarme pensando que mi tío pudiera llegar a creer que no estábamos haciendo nada para recuperarlo……nuestra tortura era pensar que él podía estar sufriendo y uno no estaba haciendo lo suficiente……….

Hay familiares de muertos y desaparecidos (lo digo porque pasa en mi familia e imagino que se repetirá en otras muchas) que “decidieron” olvidar posiblemente porque sentían o sienten que olvidar era la forma de proteger a los vivos.

En el 83 volvimos a militar con esperanza, pero cuando Cafiero perdió la interna con Menem, se nos vino la noche: intuíamos que los años por venir serían duros aunque no imaginábamos la dimensión de genocidio social que alcanzó.

El indulto fue terrible: perder toda esperanza de justicia. Uno de los compañeros con los que militaba murió en la APDH, Alfredo Carballeda, haciendo una declaración contra el indulto.

Sensación de muerte nuevamente, sentir que no íbamos a asomar la cabeza del agujero negro, que la justicia nunca iba a llegar. Imaginate que yo me caí del planeta con lo del neoliberamismo, formé parte del ejército de marginados del sistema, quedé afuera. Lo de mis tíos, la impunidad consagrada y la marginación económica.

En algún momento me enojé con mis tíos: los hubiera preferido vivos, en un punto sentí que me dejaron sola. Muchas veces, durante los noventa me pregunté: ¿valió la pena perder su amor, sus mimos, su compañía por esto –el país de los genocidas y el no te metás, el de Menen y el sálvese quién pueda-?.

Cuando ruidosos alborotadores comenzaron a demoler los duros cimientos en los que se basaba el olvido y el silencio

 

Nota de Alejandra Dandan, publicada en Página 12 el domingo 11 de noviembre de 2012, cuyo título es “Un testimonio para exorcizar el pasado”: “La carga es muy pesada porque hay una parte que es como que quiere olvidarse, decir: esto no pasó. No me pasó, porque es abrir la puerta a la atrocidad. Yo no lo pude hablar durante mucho tiempo: no lo podía mirar porque tenía la sensación de que me iba a quedar enganchada ahí”. Testimonio de Cristina Zamponi, militante del PRT en los setenta y esposa de Javier “Pancho” Coccoz, jefe de Inteligencia del PRT, desaparecido. Estuvo bajo vigilancia del represor Vergez en su propia casa, hasta que pudo partir a Francia. Durante su testimonio reveló por primera vez que el represor la violó.

 

Cuando asumió Néstor lo ví tan parecido a mi tío Edgardo………Con Néstor recuperé al menos una parte, la más bella, de mis tíos y con ello la alegría.

Hoy no tengo ganas de callarme: callé cuando niña durante la proscripción del peronismo, durante la dictadura genocida y durante 20 años de democracia. Hoy ya no.

Nunca pensé en los años negros y en los años de democracia hasta el 2003, que iba a volver a sonreír y mucho menos que iba a vivir la Argentina por la que mis tíos dieron la vida, que ese proyecto de país iba a ser realidad.

Independencia económica, soberanía política, justicia social, que el 2000 nos iba a encontrar unidos o dominados, pasaron de ser guías para la acción a ser frases sin proyección real, utopías del país de la muerte a través del genocidio militar de la dictadura o el genocidio social de Menem. Y llegó Néstor y les dio encarnadura en ese cuerpo flaco y desgarbado, en su mirada miope y en su sonrisa pícara.

Por lo anterior defiendo el proyecto nacional y popular encarnizadamente, por eso me enervan los que mastican las noticias emanadas de los medios dominantes y sin ningún tipo de análisis la repiten como loros.

Asumí la parte de exponerme declarando en los juicios: tanto por el dolor que representa para las hermanas revivir aquellos momentos como por el hecho de ser la de mayor compromiso militante entre los primos que éramos menores en el momento del secuestro.

Nos presentamos como querellantes en la causa ESMA porque a Edgardo y a Esperanza los mata una patota de la Armada.

Fue en el Juicio de la ESMA que yo me enteré con detalle de cómo habían sido las circunstancias de la muerte de Edgardo: no lo puedo describir con palabras, lo más cercano sería decir que es terrible enterarte que una persona a la que amabas fue asesinado, que tenía 18 balazos en el cuerpo, que …………..Tuve un brote de alergia que me dejó las muñecas llagadas –justo en el espacio que ocupan las esposas-.

En mayo declaré en la causa de Campo de Mayo. En el tiempo que pasó entre Esma y Campo de Mayo pude comprender lo importante que era mi declaración, ya que estoy convencida que Gregorio pasó por Campo de Mayo. Cuando declaré me dí cuenta que mi memoria estaba viva, que más allá de la confusión generada por el paso de los años, la angustia y el miedo de los episodios y la confusión generada por haber sido la casa de mis abuelos allanada varias veces. Cuando declaré me acordé de todo….

Cuando pusimos la baldosa en la casa de Boulogne se cerró una etapa: colocarla fue señalarle a todos que en esa casa algo había pasado, plantamos un testimonio de la desaparición de Gregorio…………….. eso, un testimonio: que es justamente lo que faltaba frente al hecho brutal de la desaparición.

Ser peronista no es poco, tengo el peronómetro alto: mis valores los tengo porque soy peronista, quizá los podría haber adquirido por otra vía pero yo soy lo que soy por ser peronista…Fijáte vos: recién ahora siento que van por el mismo camino la que soy y la que quería ser y estuvo mucho tiempo proscripta……..pese a los hoy oficialistas y su proyecto restaurador neoliberal y conservador.

“Me dicen que sos peronista. Eso es muy bueno”

Muestra la carta que recibió desde la cárcel de Ushuaia en noviembre del año 1966, mientras resalta que Edgardo Salcedo, uno de sus tíos, participante de la Operación Cóndor, la escribió durante los meses en los que la dictadura de Onganía lo encarceló, junto al resto de los participantes de la gesta, al regresar al país desde Malvinas.

Podemos imaginar a Edgardo, birome en mano, frente al papel en blanco: ¿qué escribirle a su sobrina desde la cárcel del fin del mundo al que lo confinó el régimen de Onganía?. Aterido de frío, azuzado por el ronroneo del viento patagónico rompiéndose contra el ventanuco enrejado en mil caóticas e invisibles volutas, frunce el seño al plantearse lo paradójico de su detención: preso por manifestar su compromiso con la patria, por agitar la conciencia popular resaltando una causa dormida, por provocar a un imperio desteñido. Sí, tan preso por todo ello como por peronista: ¿qué le molestará más a milicos conservadores liberales y a civiles oligarcas: el acto de rebelión frente al poderoso al que admiran y se someten o la identidad política que lo sostiene?. Posiblemente ambas cosas por igual porque desde su odio antipopular (gorilismo) comprenden que las mismas son inescindibles. Decide entonces seguir provocando, sabe que la carta va a ser leída por sus carceleros: comienza a volcar palabras sobre el papel y sonríe cuando termina la frase: “me dicen que sos peronista, eso es muy bueno”. Mirtha tiene apenas 5 años.